Columna Humberto Sichel: Arauco tiene una pena todavía

La Hora

Martes 20 de noviembre de 2018

Ha pasado menos de una semana desde el asesinato de Camilo Catrillanca. El país debate, todos opinamos y nos sorprendemos. Al menos nos sorprendemos y no dejamos que los acontecimientos del miércoles pasado nos resbalen como tantas otras veces. Fue en las cercanías de Ercilla, pasadas las cuatro de la tarde, cuando un operativo del GOPE por el robo de unos autos a un grupo de profesores, terminó con su vida. Le pegaron un balazo en la cabeza, así de crudo, pero así de real también.

Primero se habló de un abuso de Carabineros, pero apareció su General Director, Hermes Soto, diciendo que no, que había sido un procedimiento ajustado a la norma para un robo común. Se habló también que el hombre tenía antecedentes por receptación de vehículos. Después se filtró su hoja y aparecía clarito: “sin antecedentes”. Se dijo que estaba escapando, pero estaba arriba de un tractor…y, seamos francos, ¿quién escapa arriba de un tractor? Cuesta pensar en un escape más lento que arriba de un tractor. Los que lo conocían dijeron que venía de su trabajo y que el Comando Jungla (vaya nombre) le disparó sin provocación alguna. Pero sigamos: todo debía aclararse con la cámara de vigilancia que portaba Carabineros, así que no habría espacio para la duda. Pero aparece nuevamente la autoridad señalando que la cámara “justo” en ese momento no había grabado nada. Qué mala suerte para la búsqueda de la justicia, ¿no? Mientras tanto, se realizó el funeral de Catrillanca. Fue multitudinario.

El domingo temprano cambiaron las versiones nuevamente y el Vicepresidente junto al subsecretario del Interior y al general director de Carabineros dijeron que se pudo comprobar que el uniformado que participó del operativo sí tenía la cámara, pero que destruyó la tarjeta de memoria. Así, tal cual. No hay evidencia porque la rompió.

Hasta ahora, cayó un general, un coronel y cuatro carabineros, pero nada de eso va a revivir al mapuche. Arauco tiene una pena, más negra que su chamal, ya no son los españoles los que les hacen llorar. Hoy son los propios chilenos los que les quitan su pan.