Columna Patricio Corvalán: la memoria

La Hora

Jueves 16 de agosto de 2018

Fue idea de Miguel. Quizás por el vino. Hablábamos de lo mismo, una y otra vez, majaderos al darle cuerda a nuestros cuentos inmortales, hasta que alguien dijo algo de un verano y de una playa que ya habíamos olvidado. Miguel se levantó de la mesa agitando el dedo, presagiando que nos sorprenderíamos, y nos dejó solos un buen rato. Cuando ya lo dábamos por dormido, regresó. Venía iluminado, con los brazos extendidos trayendo una caja que colocó entre nosotros como si se tratase de algo sagrado o peligroso.

De algún modo, lo que estaba dentro de esa caja tenía un poco de ambas cosas. Eran cientos de diapositivas acumuladas por Miguel, que protegían o revelaban pedazos de lo que alguna vez habíamos sido. Nos veíamos tan distintos, en momentos tan extremos, con personas que se evaporaron en el tiempo, con otras de las que no nos despegamos, pero sobre todo nos veíamos felices, inmensos y jóvenes con ese sabor infinito a deseo y justicia.

El largo ejercicio invocó a la nostalgia. Fue idea de Miguel. Quizás por el vino. Necesitábamos recolectarlas, entre todos, y verlas proyectadas en grande contra un muro, completando cada uno lo que cuesta tanto asumir que ya lo hablamos en recuerdos.

No hubo ninguno que no se lo tomara en serio. En alguna medianoche figuré afanado en encontrar la caja que hace tanto había dejado en la bodega. Las diapositivas estaban intactas. Medio siglo de momentos peligrosos y sagrados, capturados en un gesto capaz de guardar el tiempo en una tajada. Antes de que me alcanzara la pena, llamé a Miguel. Se alegró como si lo hubiese sanado de algo imposible y me dijo que el resto también ya había encontrado las suyas. Será el sábado, en su casa. Juan llevará el proyector. “Gracias por avivar la memoria”, me dijo, y sentí que me estrechaba la mano con su voz entusiasmada.