Columna Patricio Corvalán: Ester

La Hora

Jueves 23 de agosto de 2018

Sacó la cuenta y no encontró ningún momento en que le haya pedido permiso al jefe para retirarse más temprano. Veinticinco años ya. Era una niña. El escritorio, un buque donde navegaban negocios importantes, y ella, a los 18, entonces apenas remaba. Pero fue aprendiendo, con el tiempo y los errores, hasta conquistarle la confianza. Veinticinco años ya siendo su secretaria.

Por eso, él la miró con una preocupación genuina, porque Ester, tú nunca te has ido más temprano, le dijo, encaramando la mirada sobre los lentes de lectura. Pero ella ni respondió ni espero respuesta. Tomó sus cosas, se acomodó el pelo. Necesitaba aire. Pensar. Sentirse libre entre tanto extraño invadiendo su espacio. Nos vemos mañana. Y salió.

Las tiendas del centro aún no cerraban. Intencionalmente, se fue alejando de las vitrinas, porque desde hacía meses había algo grotesco en los colores, en los ruidos, en los aromas, que le serpenteaban mezclándosele en la cabeza, obligándola a pasar más rato en el baño de la oficina controlando las arcadas.

También se apartaba de la gente. Le abrumaba la marea de brazos y carteras que se le venía encima, ensañándose con ella. Todos tenían la culpa. Todos. Entonces, también se encerraba en el baño. Y lloraba.

La garzona le llevó el helado y las galletitas a la mesa y ella le pagó enseguida. No pasaron tres minutos frente al plato cuando ya lo había devorado. Se iría caminando a casa, como ejercicio, pero los pies le desbordaban los zapatos. Maldijo. Se maldijo. Un mareo. La marea. Una arcada. Las vitrinas ahí enfrente mostrándole tal cual estaba. Qué sería de ella, de su tiempo, de su vida. ¿Podría?

Se le vino el mundo encima, el mismo mundo que tan luego sería tan distinto. ¿Podría? Más vieja y sola. Sola, no. Eso no. Eso ya siente que no. Se irá caminando, las manos afirmando la barriga, que toca, que acaricia. Sola, nunca. Y ríe y llora.