Únicos

Patricio Corvalán

Miércoles 11 de julio de 2018

Son los lunes cuando Martín los recibe en el ático, a medida que la noche se va haciendo más completa. Cuando van llegando, colocan lo que traen -palomitas, bebidas, malvaviscos, una que otra cerveza- sobre la rueda de carreta reencarnada en una mesa. A veces llegan los siete. En otras, Martín se queda esperándolos, pero después nunca reclama.

Martín se baja los bonos, pero de él nació la idea. Fue cuando literalmente se topó con Anita en el caracol. Ella salía feliz de la tienda de instrumentos con su triángulo nuevo y no se fijó en que en el negocio vecino aparecía él revisando los insectos con los que ampliaría su colección. Con el choque, una baqueta y un par de bichos quedaron en el suelo. Perdones mutuos, presentaciones, un café. Fue interés genuino cuando hablaron de sus pasatiempos como un par de incomprendidos, cuando a las semanas ella ya ensayaba en el mismo ático donde él ordenaba sus gorgojos.

A Martín se le ocurrió lo de armar el grupo. Buscarían por las redes a otros raros como ellos, tímidos, inseguros, ofreciéndoles el ático para desplegar libres sus obsesiones. Con los meses se sumaron la chica que esculpe humanos en migas de pan y el tipo que fotografía las estructuras endebles que levanta con los naipes. Después llegaron los otros, el armador de barcos en tubitos de ensayo, la pintora con hojas de té, la traductora de esperanto.

Cada lunes, se turnan para exhibir algo nuevo. Un concierto, una lectura, una muestra. Esta semana es para Anita. Coloca el disco con la sinfonía y aguarda su momento, concentrada, las mechas sobre los ojos en trance vibrando con cada pestañada. De pronto, el clank metálico, uno solo, ajustado entre cientos de compases. La música cesa. El grupo aplaude y se desahoga. Ella, sudada y plena, sonríe. Son únicos, les dice, son únicos, y se inclina agradecida.