Envenenados

Gabriel León

Martes 10 de julio de 2018

El 30 de junio, Charlie Rowley y Dawn Sturgess fueron encontrados inconscientes en su casa de Amesbury, un pueblo ubicado a 120 kilómetros al oeste de Londres. Ambos estaban en estado crítico y fueron trasladados a un Hospital, donde finalmente Sturgess murió el domingo pasado.

La investigación iniciada por la policía determinó que la pareja se había intoxicado con Novichok, un potente agente nervioso desarrollado por científicos soviéticos a partir de 1971.

La policía cree que Rowley y Sturgess tuvieron la mala suerte de encontrar un recipiente en el que el veneno se había guardado, ya que la pareja revisaba la basura de manera regular en busca de algo para vender. Lo más probable es que hayan encontrado un frasco que contenía al veneno, el mismo usado en marzo de este año para intoxicar a Sergei Skripal y su hija Yulia.

Sergei Skripal era militar y espía ruso, que fue reclutado por el servicio secreto del Reino Unido como doble agente en la década de los noventa. Fue condenado por traición en Rusia y finalmente fue liberado en 2010, año en que se fue a vivir a Inglaterra. El 4 de marzo, él y su hija fueron intoxicados en Salisbury (muy cerca de Amesbury) con Novichok, una de las armas químicas más letales de las que se tengan registros. Si bien el término Novichok es genérico y se refiere a varios compuestos de naturaleza química similar, todos actúan de la misma forma: impiden el correcto funcionamiento de los músculos y finalmente las personas mueren por problemas cardiacos o respiratorios. En el caso de Sergei Skripal y su hija, la atención médica oportuna y la dosis de veneno recibida permitió que salvaran sus vidas.

El uso de estos venenos por parte de los servicios de inteligencia rusos no es una novedad. En 1978, el periodista y disidente búlgaro Georgi Markov fue asesinado en Londres por la KGB cuando le dispararon un minúsculo perdigón cargado con ricina, una de las toxinas más letales que se conoce y que es obtenida de un tipo de poroto.