Rojos

Patricio Corvalán

Miércoles 13 de junio de 2018

Era para no creer en el humor del destino. Las vacaciones que con tanto tiempo René había programado a Sevilla para conocer a la familia de su novia calzaban exactas con los partidos de Chile en el Mundial. Pero eso no era todo ni lo peor. Lo grave es que el duelo contra España era el mismo día en que a René lo estarían esperando los Muñiz Alberdi, en el 13 de Calle Larga, con cocido andaluz y una parentela abundante y famosa por agotar en ocasiones como ésta las reservas locales de vino manzanilla.

En camino a que René cumpliera con el rito, ella se lo siguió advirtiendo varias veces. Nada de discutir por fútbol, que lo hiciera por los años juntos.

Ese 18 de junio de 2014, René entró por la puerta de esa casa recibiendo besos de gente que nunca había visto. En el patio, los parientes lo sacudieron a abrazos y lo sentaron cerca de la tele. Algunos se burlaron de antemano, por la verdadera Roja, por los goles que recibiría Chile a manos del campeón mundial. Pero la alegría duró poco. Gol… Gol de Chile… Gol de Vargas… A René se le escapó un grito a medias que supo ahogar yendo a buscar algo inexistente a la cocina.

De la rabia de la familia, que iba creciendo conforme el manzanillo revoloteaba en la sangre, no se salvaba el árbitro, ni la cancha, ni los chilenos coñazos que hacían tiempo fingiendo dolores. René aguantaba. Por ella, por los años juntos. Pero ese destino que no se entiende quiso que Aránguiz pusiera el dos a cero antes del descanso y lo que vino después fue lo inevitable.

Ahora, René lo cuenta y se ríe como si otro hubiera saltado sobre la mesa llorando de alegría, manchando a todos de vino y orgullo, gritándoles el gol en sus caras, sacándoles la madre, arrancando de esa familia que lo persiguió para molerlo a patadas, alejándose para siempre de los gritos de una novia que ya se le ha olvidado.