La intensa experiencia del cientista político Pablo Rivas en un campo de refugiados en Palestina

Cecilia Rivera

Viernes 08 de junio de 2018

El cientista político Pablo Rivas (33) estuvo 62 días como voluntario en un campo de refugiados en Palestina, donde aprendió de la cultura árabe y a vivir en medio del conflicto.

Pablo Rivas no tiene familia palestina ni judía y a sus 33 años no profesa ninguna religión. Gracias a la inofensiva invitación de un profesor a asistir a la presentación del libro Palestina, crónica de un asedio, escrito por el actual alcalde de Recoleta, Daniel Jadue, este cientista político decidió realizar un voluntariado en un campo de refugiados en Palestina, pensando en que podría aportar una mirada neutral y distinta a quienes sufren la violencia en una zona marcada por la ocupación.

Tras terminar su carrera en la Universidad Diego Portales y realizar algunas pasantías en instituciones públicas, entre ellas el Congreso Nacional, cursó un máster en relaciones internacionales con especialización en seguridad en Países Bajos. Estando a sólo 3.296 kilómetros de Palestina, 10 mil kilómetros menos que desde Chile, Pablo decidió que era momento de concretar su anhelo.

Sin hablar una gota de árabe llegó a territorio palestino el 4 de febrero pasado gracias a las gestiones de Volunteer Palestine, que lo contactó con la ONG Alrowwad. Así, fue enviado con una familia palestina en el campo de refugiados Aida Camp, en Belén, donde estuvo durante 62 días y pudo conocer de cerca cómo se vive en una zona de enfrentamiento.

En ese lugar, aparte de ser llamado “Bablo” en vez de Pablo, pues en árabe no existe la letra P, entendió por qué los palestinos odian a los perros y los niños se esconden para no ser fotografiados.

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-¿En qué consistía el voluntariado?
-Trabajé con niños, jóvenes y adultos haciendo clases de castellano en la biblioteca de Alrowwad. Fue una experiencia muy bonita. También teníamos actividades culturales, por ejemplo un día de workshop o taller de danza, un día sobre cocina palestina y visitábamos lugares de interés histórico y cultural. Por un lado me dediqué al voluntariado con las clases de castellano y por otro adquirí conocimientos específicos de la cultura palestina.

-No hablas árabe, entonces, ¿cómo hacías las clases?
-Mitad en inglés y mitad en castellano, pero me impresionó la cantidad de personas que hablan inglés y el buen nivel que poseen. Tuve diversos grupos de alumnos. Con los niños trabajaba con dibujos, con los adolescentes y adultos me dediqué a la traducción de canciones, repertorio en el que estaba 31 minutos. Nunca había compartido con niños, no tengo hijos ni sobrinos, mis amigos no tienen hijos, entonces para mí hacerme responsable y entretener a los pequeños fue algo nuevo. Por contraparte aprendí frases básicas en árabe como saludar, despedirme, preguntar por un baño, por comida.

-¿Cómo te recibió la familia palestina con la que viviste?
-Estaba compuesta por mamá, papá y un hijo: Najah (50), Qasem (54) e Ihab (18). Al tercer día la mamá me dijo que desde el siguiente me darían deberes porque dejaría de ser visita. Hasta ese día me sirvieron el desayuno y la cena, luego lo comencé a hacer yo. Mi función era lavar, secar y guardar la loza; y me advirtieron que habían dos reglas básicas para que nos lleváramos bien: no invitar mujeres ni llevar alcohol a la casa. La imagen previa al viaje era que iba a estar en un campamento con carpas y en medio del desierto, pero finalmente se trataba de un barrio construido de forma desorganizada, no muy hospitalario al verlo, inhóspito, incómodo e ingrato. La gente era muy honesta y muy acogedora con los extranjeros. Hasta hoy mi lazo con la familia es súper fuerte, hablo con ellos todos los lunes para desearles un buen inicio de semana.

-¿Qué te marcó de la vida en el campamento?
-Hay cosas tristes y otras alegres. Una de las tristes era que a los niños no les gustaba que les tomaran fotos, sobre todo los turistas. Parte del acoso de Israel en los campamentos es fotografiar a los niños, a las personas en general, y ponerlos en una lista. Es un acto de intimidación. Los niños veían una cámara y se escondían debajo de la mesa. Cuando escuchaban un helicóptero o un avión se asustaban y se escondían en sus casas. Los palestinos en general le temen a los perros, porque los soldados israelíes los usan en sus allanamientos. Para ellos son parte del enemigo, por eso en Palestina no hay mascotas.

-¿Cómo son los palestinos?
-Muy simpáticos, alegres y abiertos. El primer día que fui a trabajar habían cuatro chicas pintando un oso y como se manejaban bien con los computadores sacaron una copia para mí y me senté a pintar con ellas. Otro recuerdo hermoso es que un día iba caminando y escuché que gritaban mi nombre. Me decían “Bablo”, porque la letra P en árabe no existe y lo más cercano es la B, entonces me gritaban “¡Bablo, Bablo!” Son muy simpáticos.

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-¿Cómo era tu día a día?
-El campamento era súper entretenido. No era el lugar más bello, pero tenía una vida en comunidad muy interesante. Tenía minimarket, peluquerías para hombres, peluquerías para mujeres. Allá es todo en familia. Cuando el papá va a la peluquería, llevaba a todos los hijos. Además había panadería, un taller de bicicletas, una farmacia. Es un barrio que socialmente es como los de acá. En la mañana tomaba un buen desayuno con humus (crema de garbanzos) casero y pan pita bañado en aceite de oliva. Si se me acababa el trabajo temprano me iba a Belén a conocer algún lugar. Siempre hay algo que hacer allá, es una ciudad interesantísima. Cuando tenía hambre me compraba un shawarma en un local de snacks en el campamento. En varias ocasiones cociné comida chilena: pollo arvejado, cazuela, pie de limón y leche asada. Con el pollo arvejado maté. La comida está muy relacionada a la familia, los amigos. No era un mero trámite, nunca. Después de cenar algunos días jugábamos dominó.

-¿Tuviste algún problema durante tu voluntariado?
-Donde fueres haz lo que vieres es una frase muy sabia. Traté de adaptarme a sus costumbres y no tuve problemas. En el ámbito doméstico, el suministro de agua es un problema importante en Palestina y más en los campamentos. Israel saca agua de territorio palestino para su Estado, entonces, de la poca agua que hay, los palestinos se quedan con menos. En el caso de este campamento, la ONU reparte agua cada 10 días, pero a veces no lleva o lleva menos y la distribución es menor. Todas las casas tienen vasos de cartón para el café y plásticos para el agua, así como platos de cartón. Entendí cuando lo viví. Hubo una semana que tuvimos escasez y me dijeron ‘Pablo no vamos a ocupar más la loza común sino que los vasos y platos desechables, porque así no los lavamos’. Todos los edificios tienen bidones negros donde guardan el agua. En Israel, en cambio, tienen un sistema de alcantarillado bastante bueno. Es parte de las ventajas que saca el Estado de Israel por la ocupación.

-¿Viste episodios de violencia?
-Un día no había nadie en las calles. No había buses, autos, nada. Caminé y me di cuenta que estaban los soldados israelíes en territorio palestino, estaban tirando lacrimógenas y al otro lado había jóvenes palestinos tirando piedras, no vi que estos últimos tuvieran armas. El primer viernes que empezó la Marcha del Retorno fueron los asesinatos en Gaza y Palestina estuvo bien afectada. Al otro lado del Muro de la Vergüenza sentí un bombazo y después vi un carro de Israel, bajaron soldados y tomaron a una persona, la metieron dentro de un carro blindado y se fueron. Un día el campamento amaneció lleno de banderas y con la foto de un joven. Me dijeron que era un chico que fue arrestado por Israel y que lo iban a devolver el fin de semana. Por su regreso la familia hizo una fiesta abierta, a nivel de barrio, de país. Tiraron fuegos artificiales y lo abrazaron porque llegó de una cárcel en tiempos de guerra. Esa es más o menos la idea de la ocupación. La interpretación final de este episodio es que Israel intenta desgastar a las familias deteniendo a un adolescente por meses. Ahí nace la resistencia, que no es necesariamente armada. La resistencia es vivir a pesar de la ocupación: ir al colegio, ir a la universidad.

-¿Qué extrañaste de Chile?
-La palta. Es lo que más se echa de menos, lejos, estando en Palestina y en Países Bajos. Pero estaba tan fascinado, me sentí tan acogido por mi familia palestina y las ONG que no extrañé tanto. Estaba muy entusiasmado con lo que estaba viviendo y me quería quedar.

-¿Volverías?
-Sí. Busqué trabajo allá, pero no fue posible. De hacerlo hubiera hecho los trámites para quedarme allá, aunque son muy difíciles, porque quien da la visa de trabajo es el Estado de Israel, por más que el ofrecimiento contractual lo haga una institución palestina. Es complicado.