La nueva cara de los campamentos en Chile: habitantes cuentan su realidad

La Hora

Jueves 24 de mayo de 2018

Más de 40 mil grupos familiares residen en sitios tomados en Chile. Pobladores explican que son empujados por alto costo de departamentos pequeños.

No más de un kilómetro separa al complejo de campamentos de Colina del centro de esa comuna. En ese tramo, las frágiles vallas de madera y planchas prensadas sobre el barro contrastan con las sólidas murallas del condomio Estancia Liray, que entre tonos grises y damasco se posan sobre el prominente verde de sus jardines y sus portentosos perímetros de piedra.

Un baldío junto a los estacionamientos del Cementerio Municipal de Colina, espacio donde hubo dos canchas de futbolito, hoy es terreno del campamento Nueva Comaico, donde viven 58 familias. Se trata del último que se estableció en la comuna -hace menos de un año y medio- y, como tal, sirve de radiografía al fenómeno de los “nuevos campamentos santiaguinos”, que se nutren de víctimas de los altos arriendos y de los inmigrantes que aún no cumplen el “sueño chileno” que creían conseguir con un boleto de avión.

El último catastro nacional de Techo-Chile, elaborado en 2017, reveló que en nuestro país el dilema de los campamentos está lejos de ser invisible, más allá de que las ciudades lo intenten: en el país existen 702 campamentos, en los que viven 40.541 familias. Sólo el año pasado se instalaron en estos lugares 1.771 de ellas.

Newborn baby girl with identity tag on feet, close up

Invierno versus zinc

Francisca Farías, de 24 años, pela verduras al mediodía y las junta en bolsas para venderla a sus vecinos a $300 en plena hora de almuerzo. Su rutina, eso sí, comienza a las 6.30 horas, cuando levanta a sus tres hijos para el colegio y despide a su esposo que trabaja en la construcción. Desde su patio, y mientras manipula el cuchillo, relata cómo se convirtió en la fundadora del campamento.

“Fue un domingo a las cuatro de la tarde, me acuerdo perfecto. Vivíamos de allegados donde mi suegra y éramos demasiadas personas dentro de la casa. Ese día -hace año y medio- con mi pareja nos aburrimos y vinimos a tomarnos el lugar. La gente se comenzó a preguntar por qué hacíamos hoyos y ese mismo día apareció más gente con chuzos y palas para instalarse. Mi pareja rayó sobre la tierra para delimitar una calle y listo, así comenzó”, recuerda Farías.

Su casa, de unos cuatro por cinco metros, cuenta con una pieza individual más otra doble que además es salón de estar, comedor y cocina. “Uno siempre quiere tener más dinero y cosas, pero estoy feliz con mi casa”, dice. Eso sí, su tono cambia al recordar el invierno. “Es frío, a veces muy duro. Por suerte a mí no se me llueve como otras casas. Y sí, hay rendijas destapadas entre la pared y el cielo por donde pasa el viento y el frío, pero no me gusta quejarme porque aquí hay hogares que les entra agua y tienen piso de tierra”, agrega.

Los principales problemas del campamento Nueva Comaico son la ausencia de alcantarillados, de agua potable y las conexiones artesanales al tendido eléctrico. De momento, los hogares cuentan con un bidón verde de agua que dura aproximadamente una semana. El camión aljibe que los llena, por desgracia, no siempre pasa cada siete días.

“Yo la sufro cuando cortan la luz y no tengo para recargar las baterías de mi silla eléctrica”, agrega María Paz Espinoza al otro lado del patio. Ella, que sufre de distrofia en sus piernas, más de una vez se ha quedado postrada en su casa debido a los cortes eléctricos sin aviso. Ayer, sin embargo, su batería no tuvo interrupciones en su carga nocturna, y con inusitada destreza recorría de memoria baches de tierra y piedras sobre su silla acondicionada.

Es lógico pensar que los planes inmediatos de Francisca y María Paz son irse de Nueva Comaico cuanto antes, pero la respuesta de ambas es “ni a palos”. “En mi casa somos seis personas. Mi marido trabaja y yo también hago mi dinero, pero gastar 300 lucas por un departamento diminuto para hacinar a mi familia no es opción. Acá, por último, nosotros marcamos nuestro espacio y luchamos con los recursos que tenemos por él”, dice Francisca. “¿Has visto las casas que están construyendo en Colina? Son verdaderas cajas de fósforos”, agrega María Paz.

campamento 02

El nuevo escenario

“Cada campamento se comporta distinto según su ubicación geográfica. Uno de Valparaíso está más ligado a la pobreza y a la falta de espacio, los de Antofagasta a la inmigración y los de Santiago a la vulnerabilidad urbana”, explica Sebastián Bowen, director ejecutivo de Techo-Chile. Además, hace un perfil de los nuevos campamentos de la capital, fenómeno que su agrupación viene identificando en la última década: “Está asociado no a personas que nacieron en campamentos, sino que a quienes ya vivían en viviendas tradicionales. Los campamentos hoy son de gente joven que quiso dejar sus casas y se toparon con la altas cantidades de dinero que cobran por arrendar un espacio pequeño que no se ajusta a la cantidad de integrantes de su familia. A eso se le suma quienes quisieron dejar de ser allegados en casas hacinadas y se toparon con el mismo problema”, puntualiza.

Ese fue el caso de la peruana Viviana Cristóbal (ver foto), quien reside a 50 metros de Francisca y llegó a Chile hace dos años. Primero vivió en Quinta Normal y Santiago Centro con su familia en departamentos tradicionales, pero ante la incomidad y tener que sopesar entre cobros abusivos y hacinamiento, versus la posibilidad de levantar su propia vivienda de madera prensada y zinc, se inclinó por lo último. Ella, además, representa a la comunidad extranjera en Nueva Comaico, donde hay cinco familias haitianas, una boliviana, otra dominicana y dos peruanas. Ellos son el tercio de las nuevas familias en campamentos en 2017 en Chile.

“Pese a todo no me arrepiento de haber venido a Chile. Le he preguntado a mis tres hijos si quieren volver a Perú y me dicen que no. En el futuro espero postular a una vivienda definitiva, pero no me moveré de Colina, soy de acá y no me gusta Santiago”, asegura.

El sesgo de las cifras

Sebastián Bowen, director ejecutivo de Techo-Chile, es claro en su diagnóstico. “Pese a que algunos digan que estamos casi igual que en 1985, eso no es así. El número de esa época carece de transparencia, eran muchas más”, afirma.

Según él, el catastro del Minvu de 1997 que cifró en 104 mil las familias en viviendas irregulares es la primera referencia.

“Desde el ‘97 hubo un descenso sostenido hasta el 2011, que llegamos a 27 mil familias. Eso se estancó y aumentó hasta 2017”, aclara, agregando que “nos falta ver a los campamentos como un síntoma, porque la enfermedad real es la exclusión urbana. La única forma de erradicar los campamentos es pensando en ciudades justas y no entender el problema como algo simplemente de vivienda”, cierra.