Cuando nadie quería paltas

Gabriel León

Miércoles 23 de mayo de 2018

El precio de las paltas alcanzó niveles exorbitantes. Tanto, que una buena marraqueta con palta se ha convertido en una utopía. En redes sociales veo mensajes de amigos quejándose por el precio y añorando una buena palta Hass madura, justo en su punto.

Sin embargo, hubo un tiempo en que no fue así. En California, hace 100 años atrás, las paltas eran conocidas como “peras cocodrilo” y la industria culpó a este nombre por las bajas ventas. Lo primero que hicieron fue dejar de llamarla “pera cocodrilo” y usar el nombre en castellano -aguacate- pero adaptado a la pronunciación del inglés: avocado. Después del bautizo, vino otro trabajo complejo: hacer que la gente las comiera.

Como en EE.UU. la zona productora estaba solo en California, la palta era muy cara y una unidad podía llegar fácilmente a los $5 mil pesos chilenos. No solo el precio era un problema, además había que enseñarle a la gente cómo comer paltas ¿es una fruta? Sí, pero no una para postre.

Los productores de paltas de California contrataron a una empresa de relaciones públicas para que les ayudaran a resolver el tema. Decidieron usar el precio elevado a su favor y trataron de convertirla en una comida sofisticada. Proliferaron las recetas de langosta con palta y se resaltaba su alcurnia. Sin embrago, a pesar de que su precio bajó, las ventas seguían en picada y las personas no sabían cómo comprarlas o comerlas.

El año 1983, el ingeniero agrónomo Gil Henry instaló una cámara de TV en un supermercado y descubrió que las personas tomaban una palta, la apretaban, confirmaban que estaba dura y no la llevaban: nadie quería comprar algo que podrían comer después de varios días. A Gil se le ocurrió un sistema para acelerar la maduración de las paltas usando el gas etileno, por lo que ahora se podían vender casi listas para su consumo, lo que cambió la suerte de las paltas en EE.UU.