Una vuelta a la vida: la taxidermia desde dentro

Carola Julio

Jueves 05 de abril de 2018

Insuflarle vida a un animal muerto: no se trata de un milagro, sino del paciente trabajo de un grupo de profesionales del Museo de Historia Natural.

P oner en orden la piel no es parte de un poema romántico. Es el significado etimológico de la palabra taxidermia, que viene del griego y que se resume en un oficio, el de darle vida a animales que han muerto. Aunque puede sonar pretencioso, en la taxidermia hay una combinación de arte, ciencia y belleza. O paciencia, como lo creen los taxidermistas del Museo Nacional de Historia Natural, el único taller de taxidermia que está funcionando en nuestro país.

La historia se remonta al 1889. Fue en ese entonces que varó una ballena en Valparaíso y llegó un especialista inglés a rescatar sus huesos, que hoy se encuentran en el hall central del museo. Entre los ayudantes del naturalista estaba Zacarías Vergara, tío abuelo de Ricardo Vergara, el último de una tradición familiar de taxidermistas que trabajaron en el museo.

Vergara dejó discípulos en un oficio que se aprende a partir del hacer. Es posible entrar al departamento con las ganas y que te enseñen. Fue así como llegaron al taller Richard Faúndez y Diego Jara, herederos del legado de los Vergara. Faúndez es ahora jefe del área de exhibiciones del museo y quien mejor conoce su historia. Por su parte, Jara es un joven veterinario cuya pasión es la taxidermia.
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Faúndez recuerda que hubo una época en que la taxidermia era algo común, en que habían colecciones en los colegios y se hacían talleres para niños. Pero así como todo en la vida, la taxidermia evolucionó y se adaptó. Ahora no solo se usan ejemplares muertos, sino que también se reproduce artificialmente especies extintas. Y aunque el taller de Santiago está enfocado en la técnica pura y en la restauración, no dejan de mirar hacia adelante.

El proceso

Para Jara, quien está a cargo del taller de taxidermia, trabajar en un ave es un proceso de un día. Todo dependerá de las dimensiones de un animal y las condiciones en que se presente. Al museo se puede llegar con una donación de un animal que se haya encontrado muerto. Está terminantemente prohibido cazar animales para estos propósitos y si un ciudadano encuentra un ejemplar escaso puede ir a dejarlo. Pero no cualquiera se recibe ni tampoco todos sirven para ser trabajados. Al animal se le saca la piel y se hace un molde con la forma del cuerpo, que es la parte más artística de la taxidermia, porque es aquí donde se dejará la apariencia del animal en cuestión. Que estén volando o tomando agua, solo dependerá del trabajo del taxidermista y de los requerimientos del museo. Jara comenta que en el trabajo que realiza está la historia de un animal. “Son ejemplares que ya están y que son únicos. Tienen su historia, todo un recorrido hacia atrás que hay que contar. Es recontar la historia de una especie”.

Faúndez también explica que en la realización de la taxidermia en sí, hay un fuerte componente de conservación, de memoria de la fauna que existió o escasea en el país y a nivel mundial. “Hay especies en extinción y eso mismo es una de las cosas fuertes que se hace en taxidermia es la restauración y la conservación preventiva”, dice el experto.

¿Cuál es el objetivo de la taxidermia en el siglo 21? Faúndez responde que “mientras hayan museos tienen que haber colecciones y restauraciones, pero se podría pensar en los taxidermistas desde otra perspectiva: recreación de ejemplares sin necesidad de matarlos” -y agrega- “la gente va a querer seguir yendo al Louvre a ver a la Gioconda. El impacto que produce en el público de ver un ejemplar en vivo es increíble”.

Desfibrilador

En la triada de arte-ciencia y paciencia que definen los especialistas, siempre hay un detalle inusual. Es que ya trabajar en un museo en una sala con refrigeradores y huesos no es nada común. Lo más extraño que les ha llegado al departamento fue un fallido “chupacabras” que terminó siendo un coipo, una especie de gran roedor. En el museo hay colecciones de Darwin, especímenes del siglo 19 que conviven con serruchos, un visón, y un zorro andino que pronto será exhibido con fines educativos. Y estos apasionados por hacer algo que pocos tienen la posibilidad de concretar: traer vida a la muerte.