Carlos Flores, profesor de cine de Sebastián Lelio: "El Oscar es como cuando Alexis convirtió el penal en la Copa América"

Ignacio Tobar

Jueves 08 de marzo de 2018

Es uno de los formadores de directores como Sebastián Lelio y Marialy Rivas. Acá recuerda la vida y la mística de la escuela que marcó a la generación dorada del cine chileno.

Fotografías por Gabriel Gatica.

Qué tiene que ver el fallido estreno del documental Descomedidos y chascones con Una mujer fantástica?, ¿Se puede ligar ese material que no pudo ser estrenado por el Golpe de Estado con el Oscar que ganó Sebastián Lelio, más de 40 años después? Es un misterio de la cinematografía chilena, pero hay cabos sueltos que dan pistas.

Carlos Flores es el director de Descomedidos y chascones; el mismo Carlos que le hizo clases a Sebastián Lelio en la Universidad Arcis; el mismo Carlos que fundó en 1995 la Escuela de Cine de Chile, que se convertiría en la casa cinematográfica de Lelio; el mismo Carlos que en dictadura aprendió a ser excéntrico y astuto y que con los años consagró una máxima que influiría al chileno que levantó la estatuilla dorada: “avance irreflexivo y retroceso metódico”.

Todas esas historias ya pasaron, y el mismo Carlos Flores avanza por uno de los pasillos de la Escuela de Cine y Televisión de la Universidad de Chile. En una pequeña cocina que colinda con la recepción prepara café. Lo revuelve y parte de vuelta a su oficina que ocupa como docente. Por la ventana se cuela una trituradora de cemento que trabaja incesante en el patio del campus Gómez Millas.

Flores es un hombre acostumbrado a la bulla y al cabrerío. Ha sido profesor casi la mitad de su vida. Es su hábitat. En la suma de su carrera, el alumno más exitoso que ha tenido es Sebastián Lelio, cuando el Oscar era menos que un sueño y jugaban a hacer cine en una casita de Suecia con Carlos Antúnez.

“Me alegró muchísimo. No fue tanta sorpresa, le tenía bastante fe. The square le hacía empeño, pero el tema de Una mujer fantástica es mucho más de actualidad. Y el Oscar premia la actualidad. Además que es una muy buena película. Estaba nervioso. Nos íbamos a juntar todos con el curso de Lelio, pero yo no pude ir. Eso es muy bonito de esta generación, el triunfo del otro te alegra”, dice.

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-¿Qué tiene esta generación dorada del cine chileno?
-Creo que son fenómenos que ocurren cada cierto tiempo, que se dan por historias culturales que vienen. Porque este grupo, la generación de Lelio, generación de curso porque no todos tienen la misma edad, fue un grupo particular. Porque la Escuela de Cine de Chile donde ellos estuvieron no ofrecía grandes cosas. Era una casita chiquitita, ahí en Suecia. No teníamos título universitario, ni validado por el Estado. Ni Carlos Álvarez (el otro fundador de la institución) ni yo éramos figuras importantes, entonces era una apuesta. Lelio había sido alumno mío en la Arcis y se cambió, aunque no digo que siguiéndome pero apostó. En ese curso, el primero que tuvimos, estaba la Marialy Rivas, el Coke Hidalgo, Matías Cruz y hubo una mística. Apostaron por esa escuela y eso implicó cierta audacia y excentricidad. No de andar loqueando, sino de salirse del centro. Se sintieron parte de un grupo que no era oficial, no pedíamos ni la Prueba de Aptitud Académica. Excéntricos y astutos, les decíamos para explicar el salirse de la norma pero pudiendo manejarte y seguir trabajando. Descubrir un modelo de hacer películas con el más bajo costo posible y con la mayor probabilidad de seguir haciendo otras películas. En el entendido que uno consigue calidad haciendo películas. Por eso promovíamos el hacer, hacer y hacer. Si eres violinista nunca serás bueno si das un concierto cada tres años; en el cine es lo mismo, creíamos.

-Mejor hacer y fracasar que no hacer nada.
-Claro. Y ahí aparece la otra consigna: avance irreflexivo y retroceso metódico. El otro mecanismo era estudiar el cine hasta el infinito y después hacer una película. Puede ser, pero a mí no me gustan ese camino. Nunca me gustó. De hecho el primer día de clases les pasábamos una cámara y les decíamos “ya, dos con esta cámara salen y averiguan. Fílmate los pies, el cielo”. Y eso los estimuló mucho y ellos se dieron cuenta que para aprender a caminar no había curso, te lanzaste y te caíste y te paraste y así. Y de repente cachaste la movida. Cachar la movida era parte del aprendizaje. Nadie te puede enseñar a hacer cine, nosotros les decíamos que los podíamos ayudar a desarrollar sus fantasías cinematográficas, pero nadie sabe cómo hacer una película. No hay una fórmula.

-¿Cómo era Lelio como alumno?
-Era muy bueno, relajado, muy cariñoso. Él y sus compañeros eran curiosos, entretenidos y confiaban mucho en nosotros. “Yo no soy superman pero creo que te puedo ayudar a que mejores”. Por ahí transitábamos. Él era poeta y a mí siempre me gustó al poesía. Y hablábamos mucho de lo que construye la poesía en el cine.

-El cine de Lelio es muy poético
-Sí, o sea mucho cabo suelto, la sensación de que no pontifica, no es un discurso, no es una prédica.

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-De hecho en Una mujer fantástica el espectador queda con la sensación de que no hubo justicia.
-Es que Lelio siempre trabajó la línea de dejar cabos sueltos. Por eso no es una prédica, es una exploración en un territorio donde hay zonas que ni el autor entiende. Me acuerdo un corto que hizo. Un tipo en bicicleta, una mujer, un perro, un calefont. Y se supone que hay una muerte, que ella se queda dormida, todo esto son intuiciones, está llena de tornillos sueltos, como la vida que está llena de cabos sueltos. Él trabaja lo poético en el sentido de entender que el fondo está en la superficie.

-¿Alguna vez en esos años bromearon con ganar el Oscar?
-No, pero sí creo que había una convicción de que de ahí iba a salir algo. Y como todas las místicas, partió del puro deseo. Además no teníamos otra alternativa que creer en nosotros. Lo político en esta generación estaba en construir nuevos modelos narrativos. Entender que el cine no tiene la capacidad de transformar el mundo, tiene la capacidad de transformar el cine. Y así cambia al espectador y eso es lo que logra Una mujer fantástica, logra hacer una transformación social sin planteársela, sin predicarla. La película no se hace para seguir los protocolos del Oscar, es el Oscar el que la busca. Y eso pasa porque Lelio combina tradición y experimentación. Mucha gente se pregunta por qué cuando la Daniela Vega abre el casillero del sauna en la película, adentro no hay nada, está vacío. Ahí hay un cambio en el modelo narrativo, porque lo que haría un cine más convencional es que el personaje encuentre un mensaje, un regalo. Pero no, el casillero está vacío.

-¿Qué significa ganar un nuevo Oscar, más trascendente que el de Historia de un oso, para el cine chileno?
-Abre camino. El desarrollo de Lelio arrastra el desarrollo de otros cineastas. Nos mejora el autoestima y eso es fundamental. Es como el sueño de un chico futbolista de La Pintana que ve a Alexis Sánchez convertir el penal que le da la Copa América a Chile.

-¿Por qué siempre las películas chilenas alabadas en EE.UU. y Europa llevan poco público a las salas de nuestro país?
-Es un problema cultural y de autoestima: nosotros no valoramos nuestros productos hasta que sean santificados en otras latitudes. Pasó con Raúl Ruiz, no lo iba a ver nadie. Las que tienen gran público están más en la línea del espectáculo, como Kramer.

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-¿Crees que la película le pone un problema a la agenda valórica de Piñera?
-Sí, pero no fue la intención. Qué sacaba Lelio con mandarse el discurso ahí en el Oscar. La película habla sola. He conversado con mucha gente lo raro que es el trans. Es un fenómeno extraño. Un amigo sicólogo no tenía muy claro porque el trans significa el proceso, el tránsito, la instalación de ese concepto es un aporte extraordinario. Y lo mejor que la película es fiel al cine. Sería un bonito gesto de Piñera legislar.

-¿Qué pasó con Descomedidos y chascones?
-Estrenábamos la semana del Golpe. Yo metí los negativos en la embajada sueca. Nunca más supe. Y después me enviaron una copia desde la cineteca. En dictadura seguimos trabajando, haciendo un tipo de cine que nadie nos pudiera prohibir. Así construimos el documental del escritor Pepe Donoso, estábamos en política pero no en la contingencia. No se podía ser tan frontal, había que ser excéntrico pero moverse con astucia. De ahí viene el concepto.

-¿Qué hay que tener para ser cineasta?
-El cine cambió. Hoy tienes que tener ganas y una mirada excéntrica del mundo, la mirada poética. Valery decía para ver una rosa hay que olvidarse de todas las rosas. El artista ya no es un tipo especial de persona, cada persona es un tipo especial de artista. Hay que asombrarse con el mundo y creo que eso hicimos en la escuela y quizás eso marcó a Lelio y su generación, aunque él hubiese llegado donde llegó en cualquier parte. El éxito de un alumno no es mérito del profesor, el alumno hace su propio camino y uno puede ayudar un poco pero no es merecedor de su éxito.