"Encontrarse" por Patricio Corvalán

Patricio Corvalán

Miércoles 28 de febrero de 2018

Escuchó el grito con su nombre, las vocales del apellido alargadas desde la vereda de enfrente donde ella lo había reconocido, donde ella le agitaba las manos y los gestos le servían para detener el tránsito y pedirle que la esperara.

Se le acercó asombrada. “I-gua-li-to”, le dijo entre las primeras preguntas, “mira que encontrarnos aquí”. Él se sorprendió aún más. No sólo porque ese aquí era en Alameda con Miraflores, donde las opciones de encontrarse son más altas que esconderse, sino porque ella, sin siquiera terminar con el abrazo, hizo alarde de su capacidad para detener el tiempo en recuerdos muy puntuales de una amistad que los unía hace cuánto, ¿20? ¿30 años?

El repaso minucioso de lo vivido fue agolpando en ella sensaciones encontradas. Con el mismo entusiasmo con que le preguntaba por los detalles de sus hijos, del divorcio, de su nueva pareja, se culpaba por no haber estado en el funeral de su hermano. Lo quería tanto también, le dijo, y tuvo que buscar algo entre el pasado para disimular la pena.

Hizo una pausa, lo abrazó de nuevo, como si en él -que la observaba cada vez con más asombro- hubiera recuperado algo dado hace tiempo por perdido. Tal vez por temor a que no fuera cierto, ella se apuró en ponerlo al tanto de sus novedades. Casada, tres hijas, la mayor viviendo en Inglaterra y un largo recorrido de altibajos que él escuchó en silencio, asintiendo.

No tuvo chances de romper el monólogo. Le pareció que la curvatura de esa sonrisa que no callaba quizás había sido muy importante, alguna vez en su vida, y que no era prudente interrumpirla ni mucho menos dejar de disimular hasta que se despidieron, hasta que fue imperioso poner la mejor cara de todas, la que por ninguna parte delatara que, durante esos minutos, no tuvo la menor idea de con quién se había encontrado.