Las mujeres contraatacan: La intensa experiencia de los talleres de autodefensa

Emma Antón

Jueves 30 de noviembre de 2017

Sería ideal salir a la calle tranquila, sin tener que preocuparse de que algún demente te ataque. Pero vivimos en un mundo donde la violencia de género es una lamentable realidad. Así que mientras intentamos construir un país mejor, no está de más aprender una que otra técnica de defensa.

Es viernes por la mañana y una brisa fresca acompaña a cerca de treinta mujeres en la explanada del Museo de Arte Contemporáneo del Parque Forestal. Todas llevan una polera rosada que reza “no a la violencia de género”. Todas, y me incluyo porque soy una de ellas, llegamos con la intención de aprender algo que nos permita salir más tranquilas a la calle, a la hora que se nos cante.

La reunión fue idea de la Embajada de Israel, que organizó un taller de autodefensa con motivo del Día Internacional Contra la Violencia de Género. El objetivo es aprender algunas técnicas básicas de krav magá, una forma de combate cuerpo a cuerpo desarrollada alrededor de 1940 y que hoy es el sistema oficial de lucha y defensa personal del ejército israelí.

Yo me declaro pacifista y no tengo ninguna intención de andar golpeando gente por la calle. Sin embargo, vivimos en un mundo donde siempre existe la posibilidad de que un demente te ataque. Así que mientras intentamos construir un país mejor, no está demás aprender una que otra técnica de defensa.

Buena parte de las que llegaron a la actividad trae ropa deportiva, que es lo que uno habitualmente usa cuando va a realizar alguna actividad física. Pero yo preferí quedarme con polera y jeans, no creo que mi eventual atacante tenga la cortesía de esperar que me cambie ropa.

A cargo de la clase está Catalina Gómez, instructora de la Federación Internacional de Kapap (Israel) y de la Organización de Formación en Sistemas Israelíes. Su trabajo consiste en plantear los ataques más comunes: que te tomen de un brazo, o de la cintura, o por la espalda y así. Y a continuación va explicando cómo puede una zafarse en cada caso. Lo interesante es que no hace falta usar ningún implemento adicional y tampoco tener una gran forma física. Lo que sí, se requiere un poco de práctica y coordinación para aplicar cada técnica.

Ahora, seamos honestas: en una sola clase con otras 29 mujeres nadie sale en modo Chuck Norris, lista para neutralizar cualquier ataque. Pero sí se logra entender que existen maneras para zafarse en ocasiones peligrosas y que las supuestas debilidades de las mujeres no son realmente debilidades.

Lo otro que es interesante son las reflexiones que hace Catalina. La más llamativa de ellas la entrega al comienzo: una, como mujer, da por hecho que siempre habrá alguien dispuesto a ayudarnos. Y no es así. Pero el día en que lo admites y te das cuenta de que tienes que arreglártelas sola, es el primer día en que puedes salir a la calle sin miedo. Y eso se relaciona con asumir que somos más pequeñas y tenemos menos fuerza que los hombres, pero igual tenemos nuestros puntos a favor.

El primero de ellos es que somos mucho más flexibles que los hombres, por lo que podemos escabullirnos más fácilmente. Además, nuestras articulaciones tienden a ser más filosas, por lo que podemos provocar daño con más precisión (si tiene a un amigo cerca, comparen sus codos).

Repito: con una clase nadie se convierte en Lara Croft. Pero yo al menos aprendí a liberarme si un atacante me toma del antebrazo. La clave es hacer giros rápidos con el brazo y abrir y cerrar la mano al mismo tiempo. Con eso es inevitable que la presión que ejerce el agresor se debilite. A eso hay que sumar un par de movimientos con los pies que, al menos en un texto, son difíciles de explicar pero que en el mundo real y con algo de práctica, funcionan.


Aletear como gallinas

Otra situación: ¿qué pasa si nos toman por la espalda a la altura de la cintura, dejando nuestros brazos libres? Puede sonar gracioso, pero la solución es aletear como una gallina.

Llevando los codos hacia la cabeza del agresor, la idea es golpear con la mayor fuerza posible: uno, dos, uno, dos. Y si no hay mucha fuerza, recuerda que nuestros codos al menos son más puntiagudos.

Si eso no es suficiente para que nos suelten, el atacante al menos habrá cedido un poco. En ese momento es cuando hay que tratar de estabilizarse en el suelo, ubicando el trasero hacia un costado del agresor, de forma que nuestro brazo más cercano hacia su cuerpo quede en posición para atacar sus genitales. En este caso, el golpe debe ser siempre de abajo hacia arriba; no sirve si intentas dar un golpe horizontal.

Eso sí, en una situación de estrés y sin entrenamiento, es muy probable que técnicas como estas se olviden o que las recordemos demasiado tarde. Ante esa posibilidad, la instructora explica que existen algunos puntos estratégicos que se pueden golpear de manera sencilla y que permiten neutralizar momentáneamente a un atacante. Se trata de los ojos, la garganta y, de nuevo, los genitales (siempre de abajo hacia arriba, para mayor efectividad del golpe).

La clase termina luego de dos sudorosas horas. Varias de las alumnas se entusiasman y le piden los datos a la instructora. Los copiamos acá por si hay alguna interesada: Catalina Gómez hace clases en el Estadio Israelita los martes y jueves (de 20.15 a 21.30). La primera clase es gratis y más información sobre la disciplina y los cursos se pueden encontrar en www.sdpichile.cl