Ojos que no ven

Gabriel León

Martes 17 de octubre de 2017

El año 2003 se hizo un estudio en el que el 30 por ciento de los pacientes que tomaban un medicamento para tratar una condición cardiovascular reportó un efecto adverso: disfunción eréctil. Lo curioso es que otro grupo de pacientes -compuesto por el mismo número de voluntarios, de un perfil similar y que tomaba la misma droga- reportó este efecto adverso con una frecuencia de solo el 3 por ciento. La única diferencia entre estos grupos era que el primero sabía que estaba tomando la droga y les informaron que podían experimentar disfunción eréctil con el tratamiento; los del segundo grupo no fueron informados. Este fenómeno se conoce como efecto nocebo, y se relaciona con los efectos negativos que podemos experimentar asociados a algún tratamiento y que aparecen sólo cuándo conocemos el tratamiento o sus posibles efectos secundarios.

En años recientes, los estudios sobre el efecto nocebo han tomado gran relevancia, particularmente a la hora de entender mejor los reales efectos adversos de tratamientos. En un estudio publicado la semana pasada, se confirmóotro hecho sorprendente del efecto nocebo: el precio de un fármaco influye en la percepción de sus efectos adversos. A voluntarios les aplicaron una de dos cremas en la piel. Les dijeron que una -en un envase no muy atractivo- era barata, mientras que la otra -en una caja más bonita- era más costosa y les informaron a ambos grupos que la crema podía producir algo de dolor al aplicarla en la piel. El dolor era producido por un parche -el mismo para todos- pero los que usaron la crema más costosa reportaron más dolor. Estos estudios muestran que los efectos adversos de una droga se relacionan con nuestro conocimiento del costo del tratamiento. Lo mismo ocurre al revés, con sus efectos positivos: las drogas que sabemos son más caras parecen funcionar mejor. Entender cómo ocurre eso en nuestro cerebro es importante para mejorar los ensayos de nuevas drogas.