Chileno dueño de un bar en Corea del Norte relata su experiencia

La Hora

Jueves 07 de septiembre de 2017

El fotógrafo chileno Ramiro Lavín contó detalles de la difícil vida de los habitantes de Corea del Norte.

En el año 2009, Lavín junto a su esposa Nana y su hijo llegaron al país asiático, luego que a la mujer le llegara una propuesta de trabajo en el Programa Mundial de Alimentos. Con esto, Ramiro pensó que era una gran oportunidad de conocer este misterioso lugar y documentar su vida en imágenes.

Sin embargo, se topó con otra realidad: «Cuando llegué me di cuenta que era imposible tomar fotografías» contó al programa Miércoles de Mundo de La Tercera, donde destacó que el país gobernado por Kim Jong-un «es un país muy exótico, bonito, te dan ganas de conocerlo al principio, pero después de tres meses te empieza a dar pena. Te das cuentas que las personas no viven, sólo sobreviven».

«Yo viví en un área diplomática, donde había de todo: un colegio, supermercado, hospital, peluquería (…) Todo con el fin de que los extranjeros saliéramos lo menos posible al Pyongyang de verdad. Son bien precarios, no hay muchas cosas» señaló en otra conversación en El Informante de 24 Horas, donde contó además que vivió episodios de xenofobia, y sobre los extraños juegos para niños: «No son simpáticos ni mucho menos. En los juegos de los niños en colegios no había resbalines, había escaleras como para entrenar soldados y murallas para escalar. El libro de matemáticas de un niño allá es ‘tres tanques más tres metralletas es igual a seis americanos muertos'».

En la misma entrevista, Lavín destacó además el machismo que reina en el país asiático: «La mujer en Corea del Norte vale absolutamente nada. Si a una familia le nace una mujer es como lo peor que les puede pasar. Y la familia va a ser numerosa porque van a buscar tener un hombre. La mujer hacen el trabajo duro, no pueden andar en bicicleta… tienen muy poco poder».

Tras darse cuenta que no podía desempeñarse como fotógrafo, decidió instalar un bar en la zona diplomática. «Cuando le conté la idea a mi esposa ella me contestó ‘¡estás loco!’ y yo le respondí ´¡pero si este es un país de locos!’» señaló.

Presentó un informe a los representantes de la ONU, el que fue aprobado con un saldo de USD$3.000 para que iniciara su emprendimiento. Y auqnue funcionó por un año y seis meses, califica la experiencia como exitosa: «Iban todos los embajadores, se relajaban, podían tomarse un trago o simplemente salir de la casa» indicó.