Tus dioses

Patricio Corvalán

Jueves 29 de diciembre de 2016

A veces tus dioses insisten en dejarte solo. Se regocijan cuando el miedo te acorrala en el supuesto desamparo, cuando sientes que se enquista y te pena asomándose en pesadillas o de improviso en algún momento del día, de la nada, y te gatilla la urgencia de una respuesta a ése que crees un gran problema al que debes encontrarle la salida.

A veces tus dioses insisten en enseñarte a golpes. Como suelen ser brutos, no se complican con enrostrarte lo importante, lo que eres, con ejemplos macabros. Hace unos cuantos días nada más, te contaron lo imposible: un paseo de curso, que debía ser una fiesta, terminó con la tragedia de una niña de cinco años en el fondo de la piscina. Cuando eso sucede, cuando eso te lo cuentan, tus dioses te sacuden de los hombros para que despiertes –una vez más– y te mires y te veas así, imbécil, preocupado por tus estúpidos dolores cuando en otras partes, tan cerca, hay heridas que nunca jamás van a cerrar.

A veces tus dioses no tienen otra manera y necesitan remecerte con esas malas historias capaces de detener el tiempo. Por eso esas heridas jamás se sanan, porque nunca serán olvido. Sólo entonces te acuerdas de ellos, de tus dioses, y viéndote así como si estuvieras afuera de ti mismo, pequeño y frágil, les agradeces. Por lo que eres, por tu familia, tus padres, tus amigos, porque esta vez el verdadero dolor no pasó cerca. Afortunado tú, bendito con todo lo que te han dado.

Es un momento único, pero ya verás que se te olvida. Se te acabará el día sin hablar con tus hijos. Prometerás que mañana sí llamarás a tu vieja, pero mañana ya estarás de nuevo en tu rumbo tan perdido, con tu miedo enquistado.

Cuando eso suceda, si sigues con suerte, tus dioses se compadecerán una vez más. Y te mostrarán otra historia, ojalá nunca tan cerca, para que quizás entonces sí aprendas a vivir como es debido.