Piscis Australis: masticar entre muebles vintage

Ignacio Tobar

Sábado 08 de octubre de 2016

Como en la pantalla chica, los restoranes deberían saber a estas alturas del milenio que “las excusas no se televisan”.

“Justo hoy faltó el maestro salteador y la cocina está muy empantanada”, se excusa un amable mozo del restorán Piscis Australis, emplazado en el galpón de antigüedades más cotizado de la calle Víctor Manuel, en el Persa Biobío.

Este local peruano convive con muebles vintage y el mar humano que convoca este alegre mercado del Barrio Franklin.

La oferta es variada, del tradicional lomo saltado hasta platos más sofisticados como camarones envueltos en filete y salteados a la mantequilla y el vino blanco. Pero la apetitosa carta justo choca un domingo con la ausencia del maestro salteador. Por ello los platos llegan de a uno a la mesa y no queda otra que comer mirando la preparación ajena. Sólo la amabilidad de los mozos, una buena salsa al ajo y un correctísimo pisco sour -con limón de pica- permiten resistir la larga espera.

Primero llega el lomo saltado. Y aunque la salsa parece llevar la tradicional reducción de ostiones, la carne está algo seca y un pelín dura. Parece “carne de cazuela recocida”, como suele decirse. Y, obvio, obliga a masticarla como un chicle. Con todo, el plato funciona. Y gracias a unas papas fritas sabrosas que suben los bonos untadas en la salsa. El jugoso tomate y la brillante cebolla parecen no extrañar la ausencia del salteador.

Luego emergen los camarones envueltos en filete. Secos y con el mismo pecado en la cocción de la carne, no combinan bien con el arroz, que sí está preparado con excelencia. Entre suma y resta, los platos son caros para el nivel logrado. Urge el regreso del salteador. El postre, cuando ya han pasado casi dos horas de hazaña, es una torta de tres leches con aroma y sabor casero, que logra cerrar con el dedo hacia arriba la experiencia. En promedio son $12.500 por persona. Ya que los precios no caerán, que suba el nivel de la cocina. Llegue al mediodía, haga hambre recorriendo los galpones del Biobío y ármese de paciencia.