El don de la palabra

Patricio Corvalán

Miércoles 21 de septiembre de 2016

Por esa lealtad infinita que tiene la rutina, nadie se atrevería a reemplazarlo. Cuando había que cerrar la noche, a don Julio le bastaban apenas unos vítores para levantarse, abotonarse la chaqueta y enfrentar a los invitados desde el escenario con un discurso que jamás preparaba de antemano.

Nadie más que él era capaz de terminar la comida de premiación de cada año haciendo un recuento generoso, emotivo, que evocaba, en partes iguales, los logros, los malos días y los agradecimientos. A él, hechicero, hablar le costaba menos que un respiro.

Pero esa noche, don Julio no había aparecido. Su ausencia era tan inesperada que el protocolo de la cena se había roto varias veces preguntándose entre las mesas qué le podía haber pasado. Quizás un viaje. Tal vez la neumonía de mayo. Nadie sabía. La incertidumbre salpicaba a los eventuales sustitutos. El presidente del gremio cruzó el salón hasta el gerente general, quien de inmediato se aflojó la corbata y empezó a garabatear apuntes en una servilleta.

A la hora del discurso, el presidente excusó a don Julio y cuando ya miraba al gerente general entró corriendo un asistente con una nota y una radiocasete. Eran de don Julio. La primera, para excusarse. La otra, para obedecer la rutina.

Sin que nadie lo pidiera, los invitados rodearon la mesita desde donde salía la voz de don Julio, que agradecía, reconvenía y proyectaba el año siguiente como si estuviera allí arriba, en el escenario, con el futuro en sus manos. Media hora sin pausas ni parpadeos. Para terminar, eligió un par de frases certeras. La cinta se acabó y por segundos, por una eternidad, nada se movió de su sitio. El silencio se rompió de pronto sin que tampoco lo hubieran acordado. Fue una ovación. Los de atrás se levantaron de sus asientos. Los de cerca buscaron el consuelo a su emoción espontánea acariciando la radiocasete como si ahí adentro, escondido en un hechizo, estuviera don Julio, irremplazable, sonriéndoles a todos.