La política de control fronterizo en el territorio nacional ha tropezado con una barrera diplomática que amenaza con paralizar una de las promesas fundamentales de la actual administración. A pesar de los esfuerzos por endurecer las normativas de extranjería, la realidad operativa en las fronteras revela una desconexión crítica entre la ley y la práctica.
Un informe reciente de la policía civil ha puesto cifras a un estancamiento que afecta a miles de decretos de salida del país que hoy duermen en las oficinas públicas.
El bloqueo de las rutas de retorno hacia ciertas naciones del continente ha transformado el proceso de deportación en un laberinto sin salida aparente para las autoridades. Esta situación ocurre mientras el Congreso discute la posibilidad de tipificar el ingreso por pasos no habilitados como una conducta penal sujeta a cárcel o expulsión inmediata.
La inviabilidad de las expulsiones de extranjeros venezolanos
La PDI ha reconocido ante la comisión de Gobierno del Senado que existe una imposibilidad técnica para concretar la salida de miles de ciudadanos. Específicamente, cerca de 6.000 personas de nacionalidad venezolana se encuentran en un limbo jurídico debido a la ruptura de los canales de comunicación con Caracas.
Sin la validación de las identidades por parte de los consulados correspondientes, los países receptores rechazan el aterrizaje de aeronaves con fines de deportación.
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Desde mediados del año pasado, los vuelos hacia esa capital se encuentran congelados, generando un cuello de botella que satura los centros de detención y control. Este obstáculo estructural impide que los operativos de la policía civil cumplan con las metas de frecuencia que el Ejecutivo había proyectado para este periodo.
La ausencia de relaciones consulares efectivas convierte cualquier orden de expulsión administrativa en un documento sin capacidad real de ejecución inmediata.
Costos logísticos y el impacto en el presupuesto de seguridad
Más allá de las trabas diplomáticas, el plan de seguridad enfrenta un desafío económico de proporciones considerables por cada individuo que es enviado de regreso. Se estima que el costo operativo de cada expulsión ronda los tres millones de pesos, incluyendo pasajes aéreos, viáticos de escoltas policiales y logística terrestre.
Con una población migrante irregular que supera las 300.000 personas, la viabilidad de una política de expulsión masiva es cuestionada por diversos sectores técnicos.
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Los operativos recientes han debido priorizar a ciudadanos de nacionalidades cuyos gobiernos mantienen canales abiertos, como Colombia, Bolivia y Ecuador. La oposición ha señalado que la estrategia actual es insuficiente frente a la magnitud de la crisis, exigiendo soluciones que trasciendan los vuelos simbólicos de pocos pasajeros.
El éxito de la política migratoria depende ahora de una compleja renegociación internacional que permita desbloquear las fronteras aéreas del continente.





