El fondo del océano Ártico oculta a un animal marino que desafía todas las leyes del tiempo y la biología. Científicos han puesto bajo el microscopio a un ejemplar de tiburón de Groenlandia nacido en 1627, antes de la invención del termómetro.
Este vertebrado, que ha surcado las profundidades por casi cuatro siglos, se ha convertido en la clave para entender la longevidad extrema.
Nuevos hallazgos revelan que su ADN posee mecanismos de reparación celular que lo mantienen “joven” a pesar de su avanzada edad cronológica. Mientras el mundo avanza a un ritmo frenético, este gigante se desplaza a menos de dos kilómetros por hora en aguas cercanas a la congelación.
Se trata de un depredador silencioso que logra burlar al envejecimiento y da lecciones para la medicina del futuro.
El mantenimiento de animal marino que evita el deterioro celular
La investigación sobre el tiburón de Groenlandia (Somniosus microcephalus) ha dado un salto desde la genética hacia la cura de enfermedades humanas. Los científicos identificaron que estos animales utilizan intensamente genes específicos de reparación del ADN, conocidos como ercc1 y ercc4.
A diferencia de otros vertebrados, este tiburón mantiene una expresión elevada de estos genes, actuando como un equipo de limpieza constante para sus células.
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Esto permite que, tras 400 años de vida, sus órganos y tejidos no muestren signos de muerte celular o degradación por el paso del tiempo. Su metabolismo extremadamente bajo y un crecimiento de apenas un centímetro al año son piezas fundamentales de este rompecabezas biológico.
Incluso su madurez sexual es un proceso pausado, ya que estos ejemplares solo comienzan a reproducirse después de cumplir los 150 años.
La “fórmula secreta” de sus ojos para combatir el glaucoma
Uno de los descubrimientos más impactantes se realizó en la retina de estos tiburones, la cual permanece funcional tras siglos de uso. Los ojos de estos gigantes contienen ácidos grasos especiales que actúan como un aceite de alta calidad que impide el congelamiento celular.
Estos lípidos preservan la fluidez de las membranas, permitiendo que las proteínas responsables de captar la luz operen en la oscuridad total del abismo.
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La doctora Dorota Skowronska-Krawczyk asegura que estudiar esta retina “joven” podría inspirar nuevas terapias contra la degeneración macular en humanos. Al analizar un globo ocular de 200 años, los investigadores no encontraron los daños típicos del envejecimiento que afectan a nuestra especie.
Este modelo evolutivo abre una puerta inédita para combatir el glaucoma y otras patologías oculares ligadas intrínsecamente al desgaste del tiempo.





