El misterio de por qué los seres humanos nos sentimos atraídos por las bebidas fermentadas podría tener una respuesta mucho más salvaje y antigua de lo que se pensaba.
Un reciente estudio de la Universidad de California ha confirmado que los chimpancés en las selvas de Uganda pasan gran parte de su tiempo bajo los efectos del alcohol. A diferencia de las celebraciones humanas, estos primates no buscan botellas, sino que encuentran su “bar” personal en las copas de los árboles de los bosques africanos.
La investigación, que ha causado impacto en la comunidad científica global, sugiere que el consumo de etanol no es un accidente, sino una práctica recurrente.
Este hallazgo refuerza la famosa “hipótesis del mono borracho”, una teoría que vincula nuestra evolución con el gusto por las frutas fermentadas. Para los científicos, observar este comportamiento en la naturaleza es como mirar a través de una ventana hacia el pasado más remoto de nuestra propia especie.
Acompáñenos a descubrir cómo estos animales logran intoxicarse y por qué los machos adultos parecen ser los clientes más frecuentes de este festín natural.
Análisis de orina en la selva
Los investigadores no pudieron usar alcotests convencionales en el Parque Nacional de Kibale, por lo que recurrieron a una ingeniosa recolección de muestras de orina. Utilizando bolsas plásticas atadas a palos, lograron capturar las muestras directamente desde el suelo o mientras los animales las liberaban.
El análisis detectó etilglucurónido, una sustancia que queda en el organismo tras procesar alcohol, en 17 de las 20 muestras recogidas en el bosque.
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Los datos indican que estos chimpancés consumen una cantidad de etanol equivalente a dos tragos estándar de un humano en un periodo de 24 horas. El culpable de esta embriaguez es el caimito africano, una fruta que comienza a fermentar naturalmente mientras todavía cuelga de las ramas del árbol.
Un ejemplar adulto puede llegar a comer hasta 4,5 kilos de esta pulpa fermentada en un solo día, lo que asegura una ingesta de alcohol considerable. Curiosamente, el estudio reveló que el 85% de los animales analizados presentaban niveles de alcohol que superarían cualquier control médico o policial humano.
¿Es el gusto por el alcohol una herencia evolutiva?
Este descubrimiento abre un debate fascinante sobre si los humanos heredamos la predisposición a elaborar y consumir bebidas fermentadas de nuestros ancestros.
La ciencia sugiere que el interés por el alcohol comenzó como una búsqueda de alimentos extremadamente ricos en energía para asegurar la supervivencia. El alcohol actúa como una señal de que la fruta está muy madura y cargada de azúcares, lo que en el pasado era una ventaja competitiva clave.
Queda por resolver si los chimpancés eligen estas frutas de forma deliberada por su efecto embriagador o simplemente por su valor nutricional superior.
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Las investigaciones futuras se centrarán en observar si este consumo altera el comportamiento agresivo de la manada o afecta los ciclos de fertilidad. Incluso se planea estudiar a otras especies, como los murciélagos de fruta, para ver si esta “cultura del alcohol” está más extendida en el reino animal.
Lo que sí es seguro es que la imagen del chimpancé recolector ahora incluye una faceta mucho más compleja y cercana a nuestras propias conductas sociales. Este vínculo biológico podría explicar por qué, miles de años después, seguimos fascinados por los procesos de fermentación que hoy forman parte de nuestra cultura.





