El histórico dilema entre pedir un lomo liso o una pechuga de pollo para cuidar la salud ha dado un vuelco inesperado este febrero de 2026.
Durante décadas, la sabiduría popular y las dietas tradicionales en Chile han posicionado al pollo como el rey indiscutido de las proteínas saludables. Sin embargo, un estudio reciente de la Universidad de Indiana y el Instituto Tecnológico de Illinois ha puesto en jaque esta creencia profundamente arraigada.
La investigación sugiere que la carne de res magra podría no ser el enemigo del azúcar en la sangre que todos pensábamos, especialmente para quienes enfrentan la prediabetes. Para el chileno parrillero, que suele mirar con culpa el trozo de carne roja, estos hallazgos ofrecen una perspectiva científica que invita a replantear el menú semanal.
Los resultados demuestran que, bajo ciertas condiciones, ambas proteínas podrían jugar en la misma liga en cuanto a impacto metabólico se refiere. Ahora la ciencia está desmitificando la supuesta superioridad del ave sobre la vaca en nuestra mesa diaria.
Ni el pollo es un santo ni la res es un villano
El estudio, publicado en la revista científica Current Developments in Nutrition, analizó rigurosamente a adultos con prediabetes bajo un régimen controlado.
Los participantes consumieron carne de res magra y pollo sin procesar de forma diaria, rotando las proteínas para comparar sus efectos directos en el organismo. Para sorpresa de muchos, los niveles de azúcar en la sangre y la sensibilidad a la insulina no mostraron variaciones significativas entre ambos tipos de carne.
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Incluso los marcadores de inflamación y el colesterol se mantuvieron estables, desafiando la idea de que la carne roja es intrínsecamente más perjudicial.
Un punto clave fue la función de las células beta del páncreas, responsables de producir insulina, las cuales no sufrieron deterioro con el consumo de res. El investigador Kevin Maki explicó que no hallaron evidencia alguna de que la carne de res aumentara el riesgo de progresión hacia una diabetes tipo 2.
Esto sugiere que, cuando se trata de cortes magros y sin procesar, el origen de la proteína animal es menos relevante que la calidad del corte elegido.
Consejos para un consumo inteligente en Chile
A pesar de los resultados positivos, los expertos son enfáticos: no toda la carne roja es igual y el método de preparación sigue siendo el factor determinante.
El estudio se centró exclusivamente en carnes sin procesar, dejando fuera de la ecuación a los embutidos, el tocino y la comida rápida, que sí dañan la salud. En el contexto nacional, esto significa preferir cortes como la posta negra, el asiento o el filete, evitando los procesados que abundan en los supermercados.
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Las nutricionistas recomiendan que la porción de carne no supere el tamaño de la palma de la mano y que se prioricen técnicas como la parrilla o el horno.
Evitar las frituras y acompañar la proteína con abundantes verduras frescas y cereales integrales ayuda a mantener el control glucémico gracias a la fibra. Es fundamental entender que, aunque la res magra sea segura a corto plazo, el equilibrio y la variedad siguen siendo los pilares de una nutrición asertiva.
Consultar a un profesional para personalizar la dieta sigue siendo el paso más responsable para quienes ya manejan condiciones metabólicas previas. La ciencia hoy nos dice que podemos disfrutar de un buen trozo de carne sin temor, siempre que la elección sea magra y el acompañamiento, saludable.





