El comportamiento de un niño que no logra mantenerse sentado mientras el resto del salón trabaja en silencio suele ser interpretado como una simple falta de madurez. Sin embargo, especialistas en neurodesarrollo advierten que las señales de alerta del trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH) suelen ser visibles mucho antes de la educación primaria.
Esperar a que el tiempo solucione estas dificultades puede ser una estrategia riesgosa que consolide patrones de conducta difíciles de revertir en el futuro.
La ciencia actual sugiere que el enfoque debe desplazarse desde la etiqueta del diagnóstico hacia la acción preventiva inmediata durante la etapa preescolar. Intervenir cuando el cerebro infantil posee su mayor plasticidad permite moldear habilidades que serán fundamentales para el éxito académico y emocional.
La clave no reside en medicar o estigmatizar, sino en transformar el entorno para que el niño aprenda a gestionar su propia energía y atención.
El riesgo de la espera y la importancia de la detección precoz
Muchos padres y educadores escuchan con frecuencia la frase “ya madurará”, lo que posterga la búsqueda de ayuda profesional durante años críticos. Para los investigadores, sentarse a esperar representa perder una ventana de oportunidad única para entrenar funciones ejecutivas básicas.
Sin una intervención temprana, los síntomas suelen persistir hasta la adultez, acumulando experiencias de fracaso que dañan profundamente la autoestima del menor.
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Existe además una brecha de género significativa, ya que las niñas suelen ser diagnosticadas más tarde al presentar conductas menos disruptivas que los varones. El nivel socioeconómico también juega un rol determinante, limitando el acceso a recursos psicopedagógicos esenciales para quienes más los necesitan.
Actuar ante las primeras señales de dificultad permite adaptar el contexto familiar y escolar antes de que los problemas de conducta se vuelvan crónicos.
Estrategias basadas en el juego y la autorregulación
Las intervenciones más eficaces antes de los cinco años no requieren de fármacos, sino de actividades lúdicas diseñadas para entrenar el autocontrol. Una técnica recomendada consiste en integrar “misiones motoras” durante las transiciones, permitiendo que el niño se mueva de forma dirigida en lugar de exigirle estatismo.
Pedirle a un estudiante que camine como un robot o un animal mientras cambia de actividad ayuda a trabajar el control inhibitorio de manera divertida y natural.
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La lectura activa, donde se imitan gestos de los personajes, es otra herramienta poderosa para fomentar la atención auditiva y canalizar la hiperactividad. Implementar el método del “semáforo” ayuda a los pequeños a desarrollar autoinstrucciones verbales que frenan la impulsividad antes de iniciar cualquier tarea.
Al final, cambiar el enfoque de la espera por el de la acción temprana permite que las fortalezas de estos niños brillen por encima de sus dificultades.





