Columna de Cecilia Sepúlveda: Explotó la olla

La Hora

Jueves 05 de diciembre de 2019

Al inicio del estallido sociopolítico hubo una percepción mayor de inseguridad alimentaria, sobre todo en las grandes ciudades del país dado al Estado de Emergencia, el toque de queda, saqueos y cierre momentáneo de tiendas, mercados y negocios de barrios por temor a ser asaltados.

Ante este panorama quedaron aún más marcadas las diferencias alimentarias. Bastaba ver las imágenes de supermercados de la zona oriente versus los de la zona poniente de la capital, un par de carros llenos por persona y en el otro sólo lo necesario o realmente urgente.

No olvidemos que un 27 % de la población no puede acceder económicamente a una alimentación saludable. Además, en 12 años, el consumo de alimentos ultraprocesados ha crecido un 25 %, el de comida rápida un 40 % (datos FAO-OMS) y hace algunos años la encuesta de consumo alimentario (ENCA) nos indicaba que sólo un 5 % de la población se alimenta de manera saludable. En síntesis, con o sin movimiento social seguimos comiendo, pero alimentándonos mal.

Es vox populi que las personas compran productos alimentarios que alcancen con lo que queda del sueldo, tras pago de gastos básicos y deudas.

Claramente las políticas públicas no han logrado ser realmente eficaces ni eficientes y las actuales han traspasado la responsabilidad de compra, mediante la elección, al consumidor, asumiendo que todas las personas pueden tener información y educación suficientes para decidir la mejor compra.

Una política clara con impuestos más altos a bebidas analcohólicas, snacks, comida chatarra y ultraprocesados; en conjunto a una reducción de impuestos y a la par con un real comercio justo, y/o subvenciones para la adquisición de alimentos saludables en la población de menores ingresos, generaría una mejor predisposición de la sociedad a alimentarse de forma saludable.

* Presidenta del Colegio de Nutricionistas