Columna de Guillermo Beuchat: confusión de términos

La Hora

Jueves 21 de noviembre de 2019

Existen dos términos que suenan en el entorno empresarial con locura en el último par de años: transformación digital e innovación. Tan al unísono han sonado, que muchas organizaciones – deseosas de abrazarlas- las tratan como una sola cosa. Cursos y programas educativos que pretenden formar profesionales en estos procesos meten ambos en el mismo saco.

Pero transformación digital no es lo mismo que innovación. Simplemente, digitalizar el “viaje de los clientes” es meterle tecnología a la relación de negocio con el consumidor o cliente. Las empresas de hecho están automatizando esto con bastante atraso, si tenemos en cuenta que el consumidor digitalizado existe desde 2005 o un poco antes.

La premisa es que se puede innovar sin transformación digital, de hecho hay miles de formas de innovar que no tienen nada que ver con lo digital, a veces ni siquiera con tecnología. Una empresa de tratamiento de residuos que innova sus procesos; un nuevo modelo de negocios; un nuevo producto alimenticio orgánico y más.

La transformación digital arrasa con todo: presupuestos, recursos, gente, el “mindshare” de los ejecutivos y directorios. ¿Y dónde dejamos la innovación?

La verdadera revolución que está provocando la transformación digital en las empresas no es tecnológica; es cultural. Nos estamos acostumbrando a la velocidad, evitando la obsolescencia; estamos lanzando productos WIP “work in progress” al mercado, sin esperar a sacar productos “completos” pero tardíamente; la gente se está acostumbrando a trabajar por proyectos, en “células” o grupos de trabajo multisciplinarios; las herramientas y técnicas del design thinking, metodologías “agiles” y demás están provocando una revolución en el interior de las empresas. Abrazar este cambio (y los que vienen) es un imperativo para todas las empresas. Innovar también lo es, y no es bueno perderlo de vista.