Columna Daniel Fuenzalida: las recaídas

La Hora

Viernes 10 de mayo de 2019

En el mundo de la rehabilitación existen amenazas constantes llamadas recaídas. Son los momentos en que el enfermo vuelve a consumir y su tratamiento entra en un terreno débil, ya que se corre el peligro que abandone el apoyo y siga sumergido en el mundo de las drogas.

Para hablar de recaída tenemos que estar frente a una persona que estuvo o está en recuperación. Si bien estos momentos son tomados como un fracaso, la evidencia refleja que son parte del tratamiento y, en muchos casos, significan un aprendizaje necesario para lograr el objetivo.

No existe consenso en qué gatilla o predispone a una persona a caer en este tipo de conductas. Lo que sí está claro que las recaídas forman parte del proceso de recuperación y deben ser enfrentadas, principalmente, por el entorno para no bajar los brazos y dar por perdida la batalla.

Cuando una persona decide reconocer que se está enfermo -esta es una patología crónica y tenemos que entender, sin vergüenza que es para toda la vida- se cambian conductas arraigadas que, muchas veces, tienen que ver con lo social.

Es por eso que hay que estar alertas ante posibles síntomas que reflejen una inminente recaída. Entre los más comunes están el insomnio, irritabilidad, aislamiento del núcleo familiar y conductas desafiantes con la recuperación. Ese cuestionamiento resulta clave para determinar que se está frente a una persona con altos índices de posibilidades de volver a caer en el pozo.

Estudios médicos en torno a las adicciones han determinado que el estrés es un elemento adicional y clave de peligro. Y si a esto le sumamos el involucramiento con personas o elementos asociados al consumo (un lugar, por ejemplo), el riesgo de estar en frente de una persona que recae es inminente.

Las “pequeñas decisiones riesgosas” van desde lo más simple: un llamado, un gatillante que contenga alcohol, la visita a un lugar donde la persona consumió por largos períodos, etcétera. El efecto suele ser acumulativo y lleva al adicto a antiguos patrones de conducta.