Columna Michael Boys: socios vs. accionistas

La Hora

Lunes 29 de abril de 2019

La semana pasada estuvo en Chile el campeón de América, River Plate. Y acompañando al club vino su presidente, el empresario Rodolfo D’Onofrio. Habla bien, D’Onofrio, y dice mucho. Como que su primera contratación al llegar a la presidencia en 2013 fue un director deportivo, Enzo Francescoli, porque muy presidente será, pero ese trabajo es para especialistas. O que no visita el vestuario de los jugadores porque su “rol en el club es otro: dirigir la institución”. Pero lo que más llamó la atención fue cuando declaró que es feliz como presidente de una asociación civil con más de 100 mil socios, pero que no lo sería de una sociedad anónima. Sin dar lecciones y respetando siempre la realidad chilena, D’Onofrio puso el dedo en la llaga de los clubes convertidos en empresas: cómo mantener vivo el vínculo con sus comunidades.

Las Sociedades Anónimas Deportivas Profesionales (SADP) han sido un gran avance para el fútbol chileno: han profesionalizado la actividad, invertido en infraestructura, hecho responsables a sus directivos y mejorado las condiciones laborales de los futbolistas. Pero la gran deuda es en la participación de los hinchas comunes, distanciados y muchas veces enemistados con los propietarios. En Alemania, los privados invierten en los clubes, pero obligatoriamente los socios mantienen al menos la mitad más uno de la propiedad; en Inglaterra, los Supporter Trusts son instituciones sin fines de lucro que protegen la posición de los aficionados en los clubes, participando incluso en las mesas directivas; y en Uruguay y Argentina, las asociaciones civiles que controlan los clubes son tan relevantes en la sociedad que su rol trasciende lo que pase en la cancha. El nuevo trato social que se está incubando en Chile, tan necesario, debe permitir también a los aficionados participar, incidir y hasta dirigir el futuro de sus clubes. Porque el desarraigo es el principio del fin de las instituciones sociales.