Columna Daniel Fuenzalida: #QueNoTeDeVerguenza

La Hora

Viernes 04 de enero de 2019

Vergüenza. Esa es la sensación de muchas familias al saber que un cercano es adicto. Lejos de ayudar en su recuperación, esconder bajo la alfombra la enfermedad sólo conlleva al fracaso de cualquier terapia de rehabilitación.

El tema cobra relevancia en nuestro medio. Recientemente conocimos un informe realizado por el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consumo de Drogas y Alcohol, que reveló que los estudiantes secundarios chilenos lideran en consumo de drogas en el continente.

Más allá de la condición social o cultural, en nuestro país se tiende a bajar el perfil de quienes consumen alcohol o drogas.

Mientras el manto del silencio crece, el enfermo se hunde en su consumo. Nadie conoce que en estos procesos las recaídas son reiteradas y peligrosas.

“Ya pos, compadre. ¿Le sirvo algo?”. La pregunta es reiterativa en toda reunión social. Claro. Nadie en el entorno de una persona en rehabilitación sabe lo que está pasando. Esa voz que insiste desconoce que el olor a un destilado gatilla que las neuronas receptoras del olfato asocien el estímulo y desarrollen un conjunto de sensaciones.

Todo esto se evitaría con un simple acto. Si la familia comunica a todo el núcleo que uno de sus integrantes está enfermo y requiere ayuda, cada vez que la persona en recuperación esté en un acontecimiento social nadie le ofrecerá alcohol.

En promedio, una persona pasa 40 horas semanales en su atmósfera laboral. Muchas veces en almuerzos o reuniones de camaradería surge el alcohol y comienza la pesadilla para el enfermo: “¿Por qué no quiere tomar? “¿Su señora no lo deja?”. El tono sube y cambia a la burla por la constante negación. Nuevamente la falta de información del entorno toma protagonismo.

La comunicación parece ser la clave. La sociedad, poco a poco, entiende que el consumo sistemático de alcohol y drogas es una enfermedad y requiere un tratamiento como cualquier otro cuadro crónico.