Columna Patricio Corvalán: momento

La Hora

Jueves 06 de septiembre de 2018

Será ella la que lo besará al despedirse. La mejilla le quedará encendida y se afirmará en el arco de la puerta ya cerrada para no caerse, olvidando si le dio las gracias por venir al cumpleaños, camuflando tan mal ante el resto del curso ese tedio impostado, ese da lo mismo que finge desde que tenía 10 y ella entró a la sala arrasando con su corazón inexplorado, encandilándolo sin remedio como la cola de un cometa.

Habrá tanto que decirle esa tarde, la tarde en que ella llegará para festejarle los catorce, pero él como siempre no se atreverá. La verá a lo lejos, con el canto de los ojos, cuchicheando entre las chicas mientras ellos juegan play o se tiran gases en la terraza.

Habrá apenas un momento del que agarrarse para tomar fuerza -el deseo ante las velas, el guiño cómplice de su hermana-, pero se disolverá. Nadie se declara en su propio cumpleaños, en su propia casa, menos cuando están todos, lo pensará para dejarlo establecido.

Estará toda la tarde tan pendiente de su llegada. Será un sábado largo, el grupo haciéndose notar desde temprano, los papás dejando sus números en caso de cualquier cosa, hasta que de pronto, sentirá el timbre que revolverá sus nervios y mamá saldrá a abrir y volverá con ella -tan puntual- conversando desde la puerta, llamándolo para que vaya a recibir a su invitada. Y ella le estirará un regalo que él dejará sobre los otros -tedio impostado- y arrancará muy lento hasta refugiarse con sus amigos.

Se preparará medio día ante el espejo, más seguro lo que ve que lo que es, sabiendo que será en vano. Mientras se afeita, querrá volar. Ya tiene catorce. Vuelo libre, mil escalas, otras tantas turbulencias y quizás más. Pero aún no despegará, aunque el corazón ya ande por las nubes. Aún no. Aún será temprano.