Columna Julio Salviat: treinta años de buena vida

La Hora

Lunes 03 de septiembre de 2018

La primera vez que llevé a mi hijo menor al estadio -él tenía unos cinco años- elegí un recinto acogedor y un partido tranquilo. Fuimos a San Carlos de Apoquindo a ver Universidad Católica con Cobreloa. Esa tarde nos encontramos con Eduardo Bonvallet en la tribuna. Y a propósito de mi asistencia, le pregunté si recordaba cuál había el primer encuentro que vio en su vida: “Universidad de Chile con Magallanes en el Santa Laura, y esa noche me enamoré de la “U”, que ganó 9-1”, recordó. Mi hijo también se acuerda de su primer partido, pero no lo enamoró ninguno de los dos equipos. Lo mismo me sucedió con mi debut futbolero: mi padre me llevó al Estadio Nacional a ver a River Plate, de Argentina, con Vasco da Gama, de Brasil, en el verano de 1948 por el torneo de campeones que organizó Colo Colo.

San Carlos de Apoquindo tuvo su gran predecesor en las cercanías de la Plaza Chacabuco y vecino a Santa Laura: el estadio Independencia. Y también tuvo un hermano mayor, que no alcanzó a nacer: un recinto que se planificó para ser construido en los faldeos del cerro San Cristóbal, cerca de la rotonda Pérez Zujovic. El proyecto fracasó porque no había suficientes vías de acceso.

Tras el cambio de planes, se levantó en la precordillera, en un terreno de 1.800 hectáreas adquirido en buena parte con las ganancias que dejó el concurso llamado “La Gran Jornada”. Ahí se alzó también el complejo deportivo más grande del país.

Durante un tiempo -no sé si todavía- hizo trampa con la capacidad de sus graderías, para cumplir con requisitos municipales. Pero siempre ha sido más lo bueno que lo malo.

Fui testigo de su construcción; vi el gol de Claudio Borghi, jugando por River Plate, al ser inaugurado; asistí a alguna vuelta olímpica que dieron los cruzados, me conmoví en la dolorosa despedida de Raimundo Tupper.

Hoy recuerdo todo esto, porque San Carlos de Apoquindo cumple mañana 30 años de buena vida.