Columna Julio Salviat: la cultura de la mugre

La Hora

Lunes 10 de septiembre de 2018

En mis tiempos de escolar nos ponían una nota que, por lo general, servía para mejorar el promedio: Orden y Aseo. Se premiaba la limpieza de la sala, el orden en el escritorio y el cuidado en la presentación personal.

Ya no existe. Y, por lo que se ve y escucha, hace tanta falta como el ramo de Educación Cívica en la secundaria y de Filosofía en la universidad.

Lo recordé porque el sábado hice un tour obligado por Santiago, desde Ñuñoa hacia el poniente, y me encontré con grandes sorpresas. No esperaba tal multitud y tanta fritanga en Recoleta con Artesanos, ni semejante inmundicia en las afueras del Mercado Tirso de Molina y en las veredas de la Vega Central.

Llegué hasta el Cementerio El Sendero, en Maipú, y regresé por Américo Vespucio hasta la Ruta 68, que empalma con la Alameda Bernardo O’Higgins. En ese empalme, precisamente, observé un asqueroso vertedero que ven todos, menos las autoridades municipales y los gerentes de las concesionarias. Ya transitando por la principal calle de Santiago, me asombró la cantidad de desperdicios en las cercanías de la Estación Central.

Feas se veían también, desde la Plaza de la Constitución hasta Santa Rosa, unas tiras celestes colgadas a las rejas del bandejón central, descoloridas por el sol y flameantes por el viento.

Indignante resultó el trayecto por Vicuña Mackenna hasta Irarrázabal, con todos los frontis pintarrajeados por grafiteros ordinarios, y con sus veredas inmundas. Antes, en víspera de Fiestas Patrias, las casas lucían flamantes y las veredas eran asperjadas y barridas diariamente por las vecinas.

La cultura de la mugre se ha instalado en esta ciudad y va extendiéndose por el país. Por eso no es de extrañar que Colo Colo haya dejado como un chiquero el camarín que ocupó hace ocho días para jugar con Everton en el estadio Sausalito de Viña del Mar.