Columna Julio Salviat: Espejo de la realidad

La Hora

Lunes 27 de agosto de 2018

Al margen del resultado y las aniñadas, el Superclásico sirvió para certificar las riquezas y desnudar las miserias del fútbol chileno. De partida, el resultado sorprende: apenas uno por cero a favor de un equipo inmensamente superior.

Universidad de Chile debe haber batido o bordeado un récor mundial: en un partido que duró más de 100 minutos, al arquero contrario no llegó siquiera un remate. Y, aun así, sus jugadores querían que en los descuentos les cobraran un penal a favor porque un blanco apoyó su mano en el hombro de un azul.

Sirvió el partido para demostrar que los árbitros chilenos son malos y los ayudantes, buenos. El mundialista Bascuñán cumplió un primer tiempo casi escandalosamente favorable a Colo Colo, y mejoró bastante su imparcialidad en el segundo. También, para confirmar que los grandes equipos parten con una buena defensa, y la alba tiene a cuatro argentinos (incluido su arquero) para dejar chiquititos a sus rivales.

Fue un duelo entre un equipo que sabe jugar (como la UC, la U. de Concepción, Unión La Calera) y otro que tiene poca idea de fútbol (como los colistas). Entonces, había un bando -el blanco- en que la pelota era jugada con bastante intención y cierta precisión y otro -el azul- en que el balón siempre tuvo destino incierto. Fue la lucha entre los que piensan contra los que corren. Los azules llegan a conmover con su esfuerzo. Los albos consiguen algo de admiración por lo que juegan.

Las miserias quedaron retratadas en la imbecilidad de barristas albos, que interrumpieron el desarrollo del partido y pusieron en peligro a los jugadores; en el desacato de la “U” para efectuar sus ejercicios de calentamiento, y en la mezquindad de los dirigentes locales, que quisieron mantener la ratonera que sirve para esos efectos. Y esto sólo se explica porque la comodidad, el confort, no es algo que le traiga buenos recuerdos a su presidente