Columna Alejandra Valle: el síndrome de Luisito Rey

La Hora

Viernes 10 de agosto de 2018

Entre todos los entretelones y consecuencias de la serie de Luis Miguel, creo que esta semana se dio el más inesperado. Marcos Llunas fue acusado de haberse convertido en algo así como el Luis Rey de su hijo Izán (intérprete del astro mexicano cuando niño). Es decir, el hijo de Dyango estaría haciendo trabajar a su propio hijo demasiado para un adolescente de 14 años, y aprovecharía sus giras para divertirse con mujeres, drogas y alcohol.

Sin embargo, como suele suceder en el espectáculo, esta historia nos hace preguntarnos qué haríamos nosotros si tuviéramos un hijo o hija con un talento tan despampanante como el pequeño Izán: ¿lo dejaría cumplir su sueño de cantar (o tocar un instrumento o jugar fútbol o ser gimnasta), alentándolo; o le pide que siga su vida normal de adolescente?

Yo tenía 14 años también cuando a mi mamá le aconsejaron que me mandara a Santiago para que me dedicara al canto. Mi mamá no quiso. Prefirió que yo siguiera con la vida normal. Y así fue.

Estudié en el conservatorio un tiempo, lo que combinaba con el colegio, clases de inglés y los primeros amores. En algún momento se me hizo difícil y opté por dejar el conservatorio, aunque nunca dejé el canto.

Hoy soy periodista, tengo dos hijos y estoy casada. Trabajo en una compañía de musicales y he participado en dos programas de talento. Me definiría como una persona feliz.

Aunque el domingo pasado fui al teatro a escuchar a una joven soprano chilena, que es la primera mujer latinoamericana en ganar una beca en Royal Opera House de Londres. Mientras cantaba, las lágrimas corrían por mi cara. No puedo dejar de preguntarme qué habría pasado si hubiese seguido con mi carrera de mezzosoprano “¿Qué te pasa mamá?”, me pregunta mi hija Amelia. “Pienso que no me atreví a dedicarme al canto y me gusta tanto”, le respondo. “Si te hubieses dedicado a eso, a lo mejor no existiríamos ni yo, ni mi hermano, ni habrías conocido a mi papá”, me dice con una carita de pena. La beso, la abrazo y me siento feliz, mientras acompaño a los cantantes, tarareando el “Brindis de La Traviata”.