Sewell, el campamento minero congelado en el tiempo

Ignacio Tobar

Jueves 05 de julio de 2018

Sewell, el sorprendente campamento minero ubicado en la cordillera de la Sexta Región, es una perfecta escapada para vacaciones de invierno. Un Patrimonio de la Humanidad que conserva en sus edificios y callejones una historia que comenzó en 1905, cuando partió la epopeya por explotar el yacimiento de cobre subterráneo más grande del mundo.

Cerca de las 3 de la mañana, cuando el frío cala los huesos en las alturas nevadas de Sewell, se ve aparecer a una novia blanca bajando las escaleras. Parece una mujer acongojada, que carga hace décadas con su trágico destino. Y se le ve como flotando, porque esa novia es un fantasma.

Un día de 1953 -la historia la refiere Orgidio Donoso- esa mujer, cuyo nombre se tragó el paso de los años y la nieve, iba a casarse. Se vistió de blanco para esperar a su novio, un obrero de la época esplendorosa del campamento minero fundado en 1905, cuando el Gobierno de Chile autorizó al norteamericano William Braden a explotar la mina de cobre El Teniente, el yacimiento subterráneo más grande del mundo.

Camino al altar, la pareja bajaría la escalera central de Sewell para contraer nupcias, flanqueados por el fervor que un casamiento generaba en el campamento ubicado a 60 km de Rancagua y que llegó a albergar a más de 15 mil habitantes repartidos en 175 mil m2 construidos. Una ciudad a escala y con recursos abundantes.

Pero el novio no llegó a la cita que se celebraría en la iglesia construida en madera, que lucía un Cristo fabricado con rocas traídas desde las profundidades de la Tierra. No pudieron dar el sí a 2.200 sobre el nivel del mar porque poco antes de la cita nupcial le avisaron a la novia que su prometido había fallecido al interior de la mina. “Ella entró en depresión después de ese accidente fatal y al tiempo después falleció. Se dice que tipo 3 de la mañana se la ve bajar por las escaleras, pero a esa hora no anda nadie acá, porque acá no vive nadie desde 1971. Otros dicen que se escuchan sonidos de música”, detalla Don Orgidio mientras se mueve de memoria por las calles-escaleras de Sewell, donde nació el 7 de diciembre de 1949, cuando había que hacer túneles para desplazarse bajo los 7 u 8 metros de nieve que se acumulaban.

SEWELL 02

Más de 60 años después de esa anónima tragedia amorosa de El Teniente, Orgidio acompaña como guía de Sewell a la ministra de Cultura, Alejandra Pérez, en una visita de la autoridad al Edificio 35, restaurado por la cartera.

“Me impresiona caminar por estas escaleras. Es como estar en una época atrapada en el tiempo. Además representa una epopeya. La epopeya de esta gente que le peleó al cerro y se la ganó y se vinieron a vivir acá. Tuvieron una calidad de vida que para esa época era una excepción. Estamos mirando un pueblo glorioso. No es necesario ir a Europa para ver patrimonio, lo tenemos acá”, dice Pérez en un día ideal en el campamento. El sol permite sortear de buena forma la nieve y el frío que envuelve a los visitantes.

“Tenemos que mostrarlo al mundo”, le dice la secretaria de Estado a Felipe Ravinet, director ejecutivo de la Fundación Sewell con el que recorre el museo, la iglesia, el bowling y los pasillos del simulador de la mina que la deja perpleja. Cerca de 15 mil personas visitan este patrimonio mundial cada año. Pero la fundación quiere multiplicar el turismo.

“Sewell es patrimonio porque nada se le parece”, dice Don Orgidio ahora frente a la estatua de Abraham Quintana Robles en la Plaza Morgan. “Don Abraham fue premiado como el mejor trabajador que tenía El Teniente. Por eso los norteamericanos le hicieron unas fotos y las mandaron a Estados Unidos para fabricar una escultura. Con tan mala suerte que luego de que se inaugurara el monumento (1927) le cayó un planchón de 300 kilos y murió aplastado. Lo velaron frente a su propia estatua”, relata con su vocación de historiador el sewelino de nombre portugués.

El resplandor

Entre junio y septiembre es cuando Sewell recibe la mayor cantidad de visitantes. Son los meses ideales porque hay más nieve, que por contraste hace relucir a la ciudad de las escaleras y colores pasteles. Felipe Ravinet dice que lo ideal es preparar un viaje con un grupo grande. Sobre 16 personas el costo per cápita de martes a viernes es de $20 mil. El sábado y domingo tiene un recargo del 20%. Se debe viajar desde Santiago y dejar el auto en la Fundación Sewell y desde ahí emprender el periplo de 60 kms hacia el despoblado campamento minero en las van de la fundación. El tour incluye almuerzo y entrada a todas las instalaciones.

“El que venga de cualquier lugar del mundo a Sewell va a entender la cultura chilena, que tiene que ver con el arrojo, con vencer la adversidad y con la minería. Entre estos cerros se conserva mucho del espíritu chileno y de la gallardía”, afirma la ministra Pérez desde la Plaza Morgan.

El sol pega fuerte y el paisaje parece evocar esa magnificencia que expresa Stanley Kubrick en El resplandor con el ficticio Hotel Overlook.

Pero Sewell es real y al recorrer sus escaleras -que se adaptaron a las abruptas quebradas del cerro- se van descubriendo los ecos de la vida de los miles de chilenos que habitaron el campamento donde se generó el sueldo de Chile.

SEWELL 03

“En esta plaza la gente se reunía los domingos después de la misa a escuchar a la banda que tocaba jazz y boleros”, agrega Don Orgidio, un hombre que nació, se enamoró y trabajó en Sewell.

En otros tiempos, cuando no todo era silencio y nieve, si un hombre y una mujer eran sorprendidos besándose en el campamento, eran trasladados a bienestar. Allí se les preguntaba si se casarían. Si decían que no, debían tomar sus cosas y se iban del campamento. Pero esa es otra historia.