Pesares

Patricio Corvalán

Miércoles 04 de julio de 2018

Algo nos emparenta ante la muerte. Y es lo mismo, una y otra vez. Frente a la inminencia de lo único realmente democrático que compartimos, sin importar el motivo ni el dolor, pareciera que el trámite con que se apagan nuestras vidas tan distintas desemboca siempre en arrepentimientos comunes.

Algo que se repite sin cesar y que la enfermera australiana Bronnie Ware ha podido advertir durante años como cuidadora de enfermos terminales. En cada caso, las conversaciones con ellos se han encasillado entre el consuelo y la urgencia del desahogo por purgar errores que, a esa altura, son irreversibles.

Algo que no puede ser casual y que Bronnie agrupó en un libro de epifanías llamado “Los cinco mayores arrepentimientos ante la muerte”. Todos, sin reversa. Todos, macabramente parecidos.

El primero: “Desearía haber tenido el valor de vivir una vida fiel a mí mismo y no la que los demás esperaban de mí”.

El segundo: “Desearía no haber trabajado tan duro”.

El tercero: “Desearía haber tenido el valor de expresar mis sentimientos”.

El cuarto: “Desearía haberme mantenido en contacto con mis amigos”.

Y el último, lapidario: “Desearía haberme hecho más feliz”.

Bronnie no se atreve con conclusiones. Sólo registra que en cada remordimiento es el tiempo el que se adueña de las conductas. “Cuando la gente -dice- se da cuenta de que su vida casi ha terminado y mira hacia atrás con claridad, es fácil ver cuántos sueños no se han cumplido”.

Cuando somos inmortales, creyendo que contamos con un mañana, ni siquiera los grandes golpes de la vida desvían la rutina por mucho rato, porque ya estamos atrapados. “Muchos no se dieron cuenta hasta el final de que la felicidad es una elección”, dice Bronnie, habituada a que la ceguera de lo eterno se acabe, con nosotros, siempre demasiado tarde.