Columna Julio Salviat: una tarea pendiente

La Hora

Lunes 30 de julio de 2018

Al culpar anticipadamente a un colocolino por los balazos que dejaron tres heridos en el Complejo Deportivo Azul, Johnny Herrera demostró de nuevo su criticada incontinencia verbal. Ya son muchas las veces que el capitán de la “U” debió morderse la lengua antes de lanzar desafíos, insultos o burlas que le causaron malos ratos. Pero no fue eso lo más importante de ese desgraciado incidente. Lo grave está en las balas, más que en las palabras, aunque éstas puedan encender hogueras de odio, hasta de muerte, si no se les pone atajo pronto.

Hasta fines de los ‘70, el fútbol chileno se desarrollaba en un ambiente tranquilo, casi inocente. Fue a Luis Santibáñez, un inquieto entrenador que saltó del anonimato a la fama con dos títulos consecutivos en Unión San Felipe y dos finales de Copa Libertadores con Unión Española, el primero que azuzó la violencia en los estadios. Al hacerse cargo de la selección que pelearía el título en la Copa América y que clasificó invicta al Mundial de España, entendió que el fútbol chileno actuaba en desventaja al querer tanto al amigo cuando era extranjero. Los equipos que cruzaban la cordillera encontraban ambientes hostiles, con agresiones, insultos y cánticos ofensivos, mientras acá los partidos se desarrollaban casi en silencio y sin líos.

Convencido de que había que ponerse a tono, envió al jefe de los barristas de Universidad de Chile a observar cómo actuaban sus pares en Argentina. Así aparecieron Los de Abajo, que pronto encontraron imitadores en la Garra Blanca.

Desde entonces, el espectáculo del fútbol ya no fue el mismo: muchos iban a los estadios a divertirse escalando las rejas a torso desnudo o corriendo como un tropel en las graderías sin fijarse en lo que ocurría en la cancha. El equipo de la otra tienda pasó a ser un enemigo, en vez de adversario.

Es difícil revertirlo, pero las autoridades no pueden desentenderse de esa urgente y delicada tarea.