Luis Roblero, capellán católico de Gendarmería: "El mayor temor de los presos es que sus hijos caigan en el Sename"

Pedro Pablo Robledo

Viernes 29 de junio de 2018

El sacerdote jesuita Luis Roblero es el capellán católico de Gendarmería y, probablemente, una de las voces más autorizadas para hablar de estos chilenos a los que tanto tememos y de los que nada sabemos.

El 8 de diciembre de 2010, 81 internos de la cárcel de San Miguel murieron en un incendio. Tres de ellos eran alumnos del sacerdote Luis Roblero en el Infocap, un centro de capacitación para trabajadores de bajos recursos.

Tras la tragedia, el religioso jesuita se involucró más en el mundo carcelario y creó varios pequeños Infocap al interior de distintos penales del país. Así, continuó con su labor pedagógica y, en abril de 2013, se convirtió en capellán nacional católico de Gendarmería, cargo que le ha permitido conocer de cerca la realidad tras las rejas.

La contingencia noticiosa de las últimas semanas ha llevado a que el padre Lucho, como le dicen los reclusos, haya sacado la voz para exponer la precariedad en la que viven miles de internos.

Si bien entiende la indignación ciudadana y el profundo temor que existe hacia la delincuencia, asegura que ninguna persona va a pasear a la cárcel, pues los presos también tienen sus miedos.

– ¿Los reos le temen a la cárcel?
– Para las personas privadas de libertad la cárcel es parte de su circuito esperado de vida. Yo por ejemplo nunca voy al mall, porque me carga, pero si voy no es que esté ocurriendo algo anómalo en mi historia. Me podrá cargar, pero sé que en algún momento tendré que pasar porque iré a comprar algo o qué se yo. Yo creo que la cárcel para ellos tiene algo similar, ya saben que es parte del circuito posible de vida. Sí saben que es peligrosa, eso lo saben, saben que es un lugar donde pueden perder la vida.

– ¿Y a qué le tienen miedo, entonces?
– El mayor temor de las mujeres privadas de libertad, de los hombres y de los familiares que los visitan, es que sus hijos caigan en el Sename. En el Sename aprenden a pelear, hay mucha experiencia de abuso, hay violaciones, que son los relatos que ellos y ellas te cuentan. Ahí es donde ellos ganan como el “quién es quién”. Tú egresas con estrellas, de general, o de soldado; y eso tiene que ver con tu capacidad de violencia. Ver a una chiquilla de rodillas, al frente de la cruz mientras le caen las lágrimas, pidiendo por sus hijos es algo que te conmueve. Con todo el respeto a los funcionarios del Sename, y a sus autoridades, yo no quiero juzgar, sino solo hacerme cargo de lo que oigo. Este mundo de los privados de libertad viene dañado desde la cuna, eso es lo que duele. Es una vulneración de derechos, de dignidad, que no viene solo de ahora que están presos. Nacen en lugares muy marginales, con mucho maltrato, con violencia, con golpes, con abuso sexual, siendo niños chicos. Ellos mismos te lo cuentan.

– Es frecuente que padres presos tengan hijos que irán presos después.
-Sí, porque las marginalidades que tuvo el padre las está sufriendo el hijo y porque la cultura que envuelve ese entorno familiar es compartida. O porque la mamá está presa por microtráfico, que yo creo que es un abuso de la cárcel, sin justificar el microtráfico, y el niño queda a cargo de terceros y termina en el Sename.

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– ¿Le temen a los gendarmes?
-La población penal respeta mucho a los gendarmes, saben que Gendarmería tiene el control. En eso el privado de libertad podrá ser muy complejo, pero sabe quién manda en la cárcel. Muchas veces cuando los veo ejercer su deber pienso cómo no les da miedo, porque los internos no están peleando a puñetes, sino que están peleando con lanzas y cuchillos y hay sangre. Es una pega muy jodida, bien compleja.

– Y a los curas, ¿los respetan?
– Sí, porque respetan el bien. Porque cuando están privados de libertad y con toda su carga histórica de dolor y de violencia saben reconocer, porque son muy racionales, a aquellos y a aquellas que están para acompañarlos, para ayudarlos. Ellos reconocen perfectamente al funcionario bueno, al que los aconseja, al que los acompaña, al que los ayuda. Y saben valorar, y saben respetar y saben proteger. Yo nunca he sentido mi vida amenazada. Nunca.

– ¿Lo ponen a prueba?
– Cuando llegas por primera vez ellos te prueban. Quieren saber si tú vas caminando recto o torcido, si lo que tú dices es verdad o es para engatusarlos, si lo que hablas con ellos va a quedar ahí o lo vas a divulgar. Como que prueban tu honor, tu palabra, y cuando uno se gana ese respeto es cuando uno entra en el sistema. Si al principio andaba con seis gendarmes alrededor mío, hoy ando con uno cuando entro al óvalo, porque en los otros lados te mueves solo.

– ¿Qué es lo peor que ha visto?
– La muerte del Israel. Me ha tocado ver otras muertes, pero Israel lloró mucho antes de morir. Un día, a las 9 de la mañana, en el óvalo me pilla y me dice ‘padre, ayúdeme, me van a matar’. Yo lo conocía porque era alumno nuestro en uno de estos módulos del Infocap. Me llamó mucho la atención, porque apoyó su cabeza en mi pecho, tenía mucho miedo, estaba muy asustado, y lo habían amenazado de manera inminente. En este mundo nadie llora en público, pero él lloraba. Un comandante me preguntó cómo ayudaba y le expliqué que estaba amenazado de muerte en su galería, que lo cambiaran a un lugar más seguro. El comandante accedió, pero igual lo mataron.

Recuerdo que un viejo canero, que hoy está en libertad y con el que somos muy amigos, me enseñó que en la cana los delitos no prescriben. Si estás amenazado en Santiago, estás amenazado en Puerto Montt, en Arica, en todos lados. Si te quieren matar, tarde o temprano te van a pillar. Fue terrible verlo muerto sabiendo que el día anterior había estado llorando conmigo. Fue una experiencia muy fuerte.

– ¿Existe la ley de la cárcel?
– De todas maneras, y yo creo que conocemos la quinta parte. Está lleno de códigos, secretos, silencios, complicidades, miradas. Una vez, cuando yo estaba recién llegando, un coronel me llevó a la ronda donde se ve todo el patio de la Penitenciaría, y me dice ‘ves algo distinto a lo normal?’. Le digo ‘no, coronel. Veo normal como todos los días’. Y me dice ‘en cinco minutos va a quedar la cagá’, y me explica que me fije en cómo caminaban, cómo se miraban, cómo estaban las rejas de las galerías, y me empezó a enseñar. Y efectivamente, cinco minutos después quedó la escoba.
Aquí mandan los jefes, hay jefaturas dentro de la cárcel. Las galerías, que es donde vive la población más dura, tienen un jefe. El jefe tiene sus servidores, sus sirvientes, sus soldados que pelean por él. Y el jefe es el que manda, y duerme solo en una celda, y en la primera duermen 15 apiñados, y el que no obedece se somete a la ley del mano a mano, como dicen ellos. Es una sociedad muy estructurada.

– ¿Eso ha cambiado?
– Los viejos caneros dicen que ya no es como antes, que los cabros ya no tienen moral. Hay normas valóricas, hay normas éticas, y hay cosas que no se hacen, y que si se hacen se sancionan, como robarle a un compañero. También está prohibido mirar a la pareja de otro interno. Para las visitas hay un protocolo cuando alguien está con su familia: yo estoy con mi familia y nadie mira a mi familia, y nadie pregunta nada, y mi familia conversa conmigo, con nadie más. No es como cuando una va a una convivencia, donde todos conversan con todos y comparten. Aquí eso está estrictamente prohibido. Además, hay delitos que son castigados severamente, como violaciones, abusos de niños. Y un perro que no pelea también es castigado.

– ¿En la cárcel se puede reír?
– Sí, son divertidos los viejos, salen con cada lesera. Y ellos reconocen en nosotros gente que está con ellos, que los quiere ayudar, entonces se relajan. Cuando están en sus galerías y en los patios tienen que cuidar sus vidas, ser desafiantes, mirar con agudeza y con un rostro duro. Cuando entran al Espacio Mandela (taller laboral) los viejos se relajan, salen del personaje. Incluso duermen siesta, porque pueden dormir sin sentir miedo, sin estar pendiente de que te pueden matar o te pueden violentar.

– Además del dolor, ¿qué lo conmueve?
– Muchas cosas. Un ejemplo: estando afuera me buscó una persona que era muy jefe adentro y a mí igual me dio un poco de miedo, porque no sabía en qué andaba y no quería estar vinculado con algo ilegal. Me buscó y me buscó hasta que un día nos juntamos. Me dijo ‘sólo vengo a darte un abrazo, porque en el Mandela me sentí querido’. Me dio el abrazo, me dijo ‘gracias, padre’ y se fue. Nunca más lo vi.