El día que Américo olvidó su sueño de ser baterista grunge

Pato Pérez

Martes 05 de junio de 2018

La adolescencia rockera del cantante chileno es uno de los secretos presentes en su recién publicada biografía.

En librerías chilenas ya se puede encontrar por estos días “Yo Soy Américo”, el primer libro que revela la historia del artista tropical Américo. A través de un relato que explora desde su niñez, sus años como integrante del grupo Alegría y su presente como cantante de exportación, el periodista Mauricio Jürgensen ahonda en varios episodios nunca antes contados en su vida, que van desde sus primeras experiencias en el canto, los conflictos con su padre Melvin “Corazón” Américo, y una crisis derivada por el abuso de alcohol que lo llevó a internarse en el año 2015.

Sin duda, uno de los capítulos más llamativos del texto es la que tiene relación con la adolescencia del músico. En su natal Arica, el joven Domingo Vega compatibilizaba sus tiempos entre cantar boleros en ferias libres con su padre, con los ensayos en su casa que realizaba con cuatro amigos del tercero medio del Liceo A-1. La banda fue bautizada por una amiga en común y se llamaba Redrum, palabra que aparecía en la cinta de culto “El Resplador” (1980) de Stanley Kubrick.

En el repertorio de esa incipiente banda circulaban parte de los hits del rock alternativo que sonaban fuerte en aquel 1993: los sonidos grunge de Soundgarden, Pearl Jam y Nirvana, además de un clásico rockero que versionaría años después en televisión: “Creep” de Radiohead.

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Para el joven Mingo -cómo le dicen aún hoy sus más cercanos-, esta era una oportunidad para evitar ser el centro de atención, y descargar toda su rabia adolescente escondido detrás de los platillos y los tambores. No le era muy agradable acompañar a su papá para interpretar las lacrimógenas canciones que eran parte de esas jornadas. Le daba vergüenza, se aburría y tenía miedo de que algunos compañeros de curso lo sorprendieran.

Fue así como en esos días se obsesionó con hacerse de una batería, lo que lo llevó a hacer un trato con su padre: lo acompañaría a todos lados, siempre y cuando le comprara una, la brillante Pearl de color negro que se ofrecía en una tienda en la Zofri.

Sin embargo, sus sueños se estropearon rápidamente cuando un día Melvin le pidió que lo acompañara a vender discos al Terminal Agropecuario. Domingo se negó, explicando que tenía cosas que hacer y que no podía comprometerse a última hora, lo que hizo enfurecer a su padre, hasta sacar el recibo con la reserva de la soñada batería y romperlo en su cara. Para él, la voz del joven Américo era única y estaba perdiendo el tiempo en intereses rockeros.

Tras la pelea, Mingo sufrió y lloró de impotencia por dos días, hasta que decidió juntar dinero y comprar lo que estuviera a su alcance. Así pudo adquirir una batería electrónica Yamaha DD-11 a 180 mil pesos, con la que pudo lucirse con sus amigos en algunas fiestas del liceo y festivales nortinos.

Pero las cartas ya estaban echadas. Al poco tiempo la banda se desintegró, y a sus 15 años, Mingo se convirtió en Américo Junior, asumiendo que lo suyo era el sentimiento de las melodías AM de ídolos de la canción latina como José José, José Luis Rodríguez y los valses de Lucho Barrios.

“Yo Soy Américo”, por Mauricio Jürgensen.
Ediciones B.
Precio referencial: $12.000