Desconocidos

Patricio Corvalán

Miércoles 20 de junio de 2018

Se subieron en el 15. Saludaron sonriendo, pegados a las puertas que se cerraron tras ellos y que nos dejaron a merced de su entusiasmo. Usnavy y Damán, para servirlos. Hace un par de meses se habían mudado. Desde Caracas a Chile, dijeron, rompiendo los códigos de los silencios que se manejan en el ascensor. Algunos apenas simularon una mueca, sin apartarse del celular, pero cuando parecía que ya se habían adaptado, la pareja volvió al ataque. “Y ustedes, ¿cómo se llaman?”

El silencio regresó de golpe, incómodo y eterno. No era el momento para explicarles las costumbres. La mayoría llevaba años coincidiendo en este espacio, a lo sumo un par de frases y que tengan un buen día, pero Usnavy y Damán insistieron, con el nombre, con saber dónde vivían. En dos pisos resumieron su propia vida, en un intento para estimularlos. Fue la niñita del 13, sin soltar la mano de su padre, la primera en responderles, en contagiar al resto poco a poco para abrirse ante los ojos grandes de los desconocidos.

Resultó que la señora del 11 se llamaba Carmen y vivía con su nieto; que la pareja del 20 iba a una ecografía; que el acorbatado del 9, quien llevaba medio año sin trabajo, justo hoy empezaba en uno nuevo.

Los que fueron entrando en cada piso al principio no entendían. Mucha ruido, mucha risa. Damán les daba la mano y Usnavy los ponía al día con las presentaciones. Al vuelo, ella propuso un encuentro en el departamento para acabar de conocerse y de paso ayudar en algo a la reciente viuda del cuarto.

Casi ni se enteraron cuando llegaron al primero. Usnavy y Damán se despidieron palmoteando espaldas para encarar un gran día. El resto salió como racimo, aún descolocado, deseándose buenos días por sus nombres, agradeciendo el extraño gesto de ese par de desconocidos por haberlos descubierto.