Raro

Patricio Corvalán

Miércoles 30 de mayo de 2018

Su pareja lo advierte como si debiera disculparse ante nosotros, como si el reencuentro con Rafa después de su regreso, después del accidente ese, fuera más bien la primera cita ante una persona si no nueva al menos diferente. De algún modo, está en lo cierto. “El accidente ese lo ha vuelto un poco raro”, se excusa, dejándonos entrar a un departamento en el que abundan las flores recién cortadas, las velas encendidas a lo ancho del pasillo, los regalos esperándonos en los puestos del comedor.

Está más flaco. La barba le esconde las heridas aún latentes del choque, pero no la sonrisa con que recibe a cada uno. Nos abraza. El lado muerto de la cara pegado a cada mejilla, mitad risa, mitad lágrimas. Disimulamos la incomodidad de las preguntas que pensamos con esas bromas que te vuelven inmortales. Su pareja ya viene con las copas llenas de uno de los vinos que él guardaba para cuando volvieran -de otro modo- desde España. Brindamos. Rafa se cuida de no despertar al pasado y nos arrulla revelándonos sus decisiones. Venderá su parte de la fábrica y con la indemnización de los seguros le alcanzará para mudarse a la playa. Quizás un huerto o un taller. Brindamos, otra vez, perplejos por dentro. Su pareja nos habla con la mirada. Rafa, el mismo que trabajaba como esperando un sol que no amanece, tan medido, tan austero, se ha vuelto un poco raro.

No alcanza a escuchar nuestros discursos. Aparece desde el comedor con los regalos. Un pasaje para cada uno. “Alguna vez teníamos que hacerlo”, se disculpa, confundiendo los tiempos. Lo regañamos de felicidad, con delicadeza. Saca otro de esos vinos. Busca a su pareja, a nosotros. Nos toma las manos. El ojo fijo le llora. “Lo único que puedo vivir es lo que viene enseguida”, dice levantando su copa, como si fuese una promesa.