Pendiente

Patricio Corvalán

Jueves 17 de mayo de 2018

Al abrazarlo sintió que no era el mismo. En el abrazo se encontró con otro cuerpo, más alto y más formado, incapaz de despegarlo, de darle vueltas como a él tanto le gustaba. Le enmarcó las mejillas con sus manos. Eran los mismos ojos en una cara distinta. Sobre los labios ya estaba florecido y en el sutil regate de su hijo por zafarse estaba escrita la primera declaración de independencia.

Trece años ya, Santiago. Se lo dijo como si se disculpara por no haber advertido antes el pudor de ese cuerpo adolescente. En ese rechazo estaba la huella imperceptible de que el tiempo había pasado como una bandada y que el niño, su niño, había crecido.

En vano quiso convidarle los recuerdos. De dos mascadas, Santiago hizo suya la torta pidiendo permiso para marcharse hasta su pieza, dejándolo sentado con los remordimientos de padre ausente que se consolaba entrada la noche con una caricia cuando ya dormía.

Estuvo a un paso de lo de siempre, aprovechar de avanzar con los pendientes, pero el abrazo estaba tan fresco que quizás aún no era tarde del todo. Al tocar la puerta, Santiago le abrió sorprendido, intentando recordar la última visita de su padre, interesado en algo suyo. Se sentaron juntos en la cama. Bastó muy poco para que el tiempo estancara lo perdido. Esa noche vieron videos, comentaron los presagios ante el final de la Champions, se rieron de los olores. Hablaron de pololas, algo de política y de la manera de salvar inglés, estudiando juntos media hora cada día.

Cuando Santiago volvió de la cocina con más torta, ya no lo vio tan distinto. Era su hijo, aún, después de todo, la misma sangre haciendo su trabajo. Se sintió agradecido. En el albur de una noche sin respiro, había avanzado con lo pendiente. Y también había crecido.