Nino García, al sur de la memoria: El mural creado por Metro y vecinos de la Pob. San Joaquín en su honor

Cristian González Farfán

Viernes 01 de junio de 2018

En el mismo barrio donde Nino García pasó sus últimos días se erige un mural en honor a su figura. Metro y los vecinos de la Población San Joaquín crearon la obra, a 20 años de la muerte del músico.

María Eugenia Zúñiga, viuda de Nino García, soñaba con instalar en la Población San Joaquín una escultura con una llave de sol en honor a su compañero. La idea, sin embargo, se evaporó en el tiempo.

Otra obra, en cambio, resplandece en el barrio donde el músico pasó sus últimos días junto a María Eugenia. En la esquina de Carlos Valdovinos y Central Nino García -como fue renombrada la calle tras la trágica muerte del artista hace 20 años- un mosaico rinde homenaje al genio que escribía sonatas, octetos y cuartetos sin necesidad de un piano.

“Me parece increíble que personas que no conocía se junten para cumplir un sueño”, dice Zúñiga, mientras fija su mirada en el rostro de Nino García hecho a retazos de cerámica y adosado a la pared de esa esquina, a pocas cuadras del Metro Lo Valledor.

La Corporación Cultural MetroArte, precisamente, fue artífice de la obra junto a los vecinos. Donde antes había polvareda, marañas de cables sueltos y pasto seco hoy se levanta una plaza de ventilación de la línea 6 del Metro que rezuma frescura y vitalidad. Cuenta con juegos infantiles, bancos, árboles recién plantados y, por cierto, el mosaico en honor al prodigio chileno.

mural nino garcia 02

“Yo conocí a Nino, era un talento incomprendido. Siempre quisimos hacer un acto de reconocimiento en la calle donde él vivió y que lleva su nombre. Metro, dentro de su política de murales con la comunidad, se reunió con los vecinos de la Población San Joaquín para plantearles la idea. Luego, llamamos a un concurso donde los interesados debían postular sin dar sus nombres. Y para sorpresa nuestra, la elegida fue una vecina del barrio donde Nino vivió”, relata Javier Pinto, director de MetroArte.

Natalia Ruminot, la ganadora del concurso, no alcanzó a conocer a Nino García. Ella llegó a vivir al barrio en 2012, catorce años después del suicidio del artista.

“Sabía que Nino había vivido acá, vi el funeral por TV. En un principio me dio susto abordar un proyecto que involucraba los sueños de la comunidad. Investigué más sobre la vida de Nino, conversé con los vecinos, me lo imaginé inserto en el barrio y en la última parte de su vida con un piano. Y me impactó la coincidencia: Metro no sabía que yo era vecina del barrio”, cuenta la autora del mosaico.

Tres meses demoró Ruminot en hacer el mural. En él figuran dos siluetas del músico, una de su rostro y otra tocando el piano, además de bandadas de pájaros y las típicas casas de la Población San Joaquín. “Los pájaros representan para mí sus ansias de libertad”, consigna la muralista.

María Eugenia, en tanto, recién conoció el mosaico cuando estuvo listo. Y el resultado, como se trasluce de su parsimonioso timbre de voz, la dejó muy conforme. “Del Metro nunca me hubiera esperado una cosa así. Me parece muy loable que tengan ese nivel de sensibilidad con la obra de Nino. No es fácil que nazcan Mozart como él. Y me sorprende cómo Natalia Ruminot logró captar la viveza de la mirada de Nino, cómo la logró interpelar desde la ternura y la dulzura máxima”, relata la compañera de García, sin quitar la vista del mural.

El genio y el piano

A fines de los 80, Nino y María Eugenia llegaron a vivir al sur de Santiago con severos apremios económicos. Las puertas de la televisión se habían cerrado para García, abocado a difundir más su obra sinfónica que su repertorio de música popular. Entonces acudieron a los amigos: vivieron en una pieza y hasta en la casa parroquial de la Población La Victoria, antes de fijar su residencia en la calle Central 3037, en cuyo letrero ahora se lee Central Nino García.

“Teníamos una maleta: él con sus partituras y yo con mis afiches de La Casona de San Isidro”, recuerda María Eugenia, quien provenía de un mundo diferente al de Nino: ella era del canto popular, de las peñas folclóricas, de los actos solidarios, de la resistencia cultural a Pinochet.

mural nino garcia 03

Desde esa casa de dos pisos, hoy ubicada a pasos del mural a la memoria de Nino, la pareja se volcó a las micros para hallar el sustento diario. A menudo, María Eugenia salía sola a cantar y su compañero, sumido en el desencanto, ni se enteraba. En la casa no había muebles, menos equipo de música y ni pensar en un piano. A García no le importó: compuso sus obras cumbres de música sinfónica gracias a su oído absoluto.

“Él tenía un espíritu muy lúdico, le gustaba jugar con las notas. Por nuestra casa pasaba el camión del gas y, al escuchar el sonido, me decía: ‘mira, es un Fa sostenido’”, ríe su compañera.

En La Victoria contaba con un teclado que no llevó a la Población San Joaquín a causa de un desperfecto técnico. “A Nino le cargaba ese teclado, decía que era como una tetera eléctrica, jajá. Siempre le gustó la profundidad del piano”, relata María Eugenia, quien describe su conexión con García como “un solo discurso repartido en dos corazones”.

Tenían en esa época una vecina, una niña de ocho años llamada Tamara que pasaba metida en la casa de Central 3037. Un día la pequeña, mientras hacía mayonesa, le susurró algo a María Eugenia.

-El tío Nino tiene los ojos muy tristes.

-¿Y qué hacemos?

-Es fácil: a él le falta un piano.

Entonces María Eugenia recurrió a sus contactos y consiguió, por unos cuantos pesos, arrendarle un piano al tanguero argentino Omar Rivoira.

El propio músico trasandino se comprometió a llevar el instrumento en un camión a la casa de Nino. En las horas previas a su llegada, María Eugenia y Tamara eran un atado de nervios.

Cuando finalmente llegó el camión, Rivoira preguntó dónde había que ponerlo. “Nino se asomó desde el segundo piso. Fue una sorpresa y un shock muy violento para él ver un piano ahí”, recuerda María Eugenia.

-Ahora puedes ser muy feliz. Baja y tócalo- le pidió Tamara al artista.

Pero el piano sonó apenas un mes en la casa de García. Ulises, uno de sus dos gatos, fue el primero en ver el cuerpo inerte del artista, el 2 de febrero de 1998. Ulises murió una semana después. Dionisio, el otro felino, sobrevivió solo seis meses más.