Relato de Patricio Corvalán: La isla

Patricio Corvalán

Jueves 24 de mayo de 2018

En otoño, el sol apenas entra de reojo. La visita es breve. Un reflejo sobre las ramas más altas del palto, las tejas de la chimenea ya extinguida y luego pasa de largo. La falta de luz ha secado toda siembra. Donde hasta hace unos años había un huerto ahora es un muerto que Tito y Maggie cargan por porfía, porque la vida en esta casa ha cambiado por completo.

En otoño, la noche se adelanta. A las cuatro se asoma por las ventanas. A las cuatro lo de siempre, Maggie enciende las luces, corre las cortinas para no sentirse observada, pero Tito las abre. Que se jodan, le dice, como si los vecinos de las enormes torres pudieran escuchar.

Pudieron haberla vendido y bien. El tipo de la constructora les había mostrado varios ceros, seguro de haberlos convencido. Aquella vez, Tito y Maggie tomaron la propuesta, se miraron sin hablar diciéndoselo todo y se la devolvieron en papelitos picados: “Lo que hemos vivido en esta casa no se negocia”.

Desde entonces, resisten. Se rebelan contra el ruido y esa presencia de siluetas recortadas como estrellas en un falso cielo recubierto de edificios. A su modo, viven la porfía regando el patio marchito, recogiendo la bandada de cosas inservibles de la terraza o encerrándose en el mismo rincón de la casa sitiada donde bailaron el Pérez Prado que dio el vamos a esta historia.

La familia ya no se mete, pero las visitas son, como las del sol, cada vez más cortas. A veces, los nietos. Tito y Maggie ya no insisten. Esa sería otra batalla. Lo suyo está en seguir como si nada, rebeldes ante esos fantasmas que los compadecen desde lo alto, un par de viejos porfiados y náufragos quemando sus últimos días en su propia isla.