Estrella

Patricio Corvalán

Jueves 05 de abril de 2018

Era la única extraña en el salón. Estaba allí para no provocar en Sergio esa amurrada que le duraba días cuando la acusaba de no interesarse en lo suyo. Lo suyo era tan distinto a lo de ella. Era tan lejana a ese mundo de tipos jactándose de títulos raros, que se miden por asuntos que requieren de decretos y corbatas. Como todos allí, Sergio llevaba la solapa enchapada en medallas que lo autorizaban para hablar lento, pasando la mano por las palabras como si las peinara, como si el mundo dependiera de sus teorías para seguir girando.

Lo que ella no entendía era ser la única extraña en el salón. Las otras mujeres presentes se comportaban como comparsas en un ambiente que sólo podía tolerar si alcanzaba la bandeja de pisco sour. Sergio la vigilaba de reojo. Pero ya no estaba ni de ganas ni en edad para sentirse reprimida.

Antes de la cena, el asunto pareció empeorar. Sergio acaparaba la atención de los grupos, llenando la boca de fórmulas, de términos difíciles que sus colegas que lo reverenciaban asentían extasiados. Ella no lo escuchaba, miraba la escena con demasiada distancia, mientras los demás lo veneraban como si ya hubiera muerto.

Hizo el último intento. Se le acercó rodeándole la cintura, pero él ni siquiera se enteró. Hablaba desde una pasión tan desconocida, como si revelara secretos, que no tuvo más remedio que darse por vencida.

De pronto, Sergio dijo algo de las estrellas, sobre el comportamiento que las hace alejarse de lo que les resulta extraño. Dibujó líneas en el aire, citó personajes importantes, con la autoridad que le daban las medallas. La concurrencia abrió los ojos, encandilada. Fue entonces cuando ella aprovechó el descuido de Sergio, al saberse tan ignorada, para armarse de valor con otro sour, para salir de la sala sin que ni él ni nadie se enterara y fugarse quizás a dónde, como una estrella.