El chef

Patricio Corvalán

Miércoles 11 de abril de 2018

Ya no lo molestan tanto como antes. En la cocina se han ido acostumbrado a su locura, a que sueñe y se los restriegue cada vez que aparece en la mañana amarrándose la bandana en la cabeza, recordándoles a todos que queda un día menos, como despedida adelantada.

Ya no les sorprende que divague en voz alta, las palabras chocando contra el calor y el techo bajo del sucucho donde prepara los platos del almuerzo, y que aunque ya nadie lo escuche ni lo enfrente siga jurando que muy pronto alguien lo descubrirá y se lo llevará, muy lejos de estos sartenes grasientos donde prodiga su magia que jamás nadie reconoce.

Ya no le importan las risas a su espalda. Él está por sobre el resto, los gritos del jefe, la mugre y los pedidos de comida barata que, a merced de su cuchillo que acaricia como si fuera un pincel o una batuta, trabaja a la altura de un banquete.

A veces, espía a los comensales por la ventanita que separa al salón de la cocina. A veces, jura que el de la mesa diez dejará de mirar el noticiario y comentará en voz alta lo buenas que quedaron las papas y las cebollas cortadas en juliana. A veces, inventa un diálogo entre los de la mesa tres, alabándoles la técnica del justo uso del comino en el estofado que el jefe le obliga a preparar los lunes con las sobras del fin de semana.

A Luisa, que ahora atiende las mesas todos los días, la tiene convencida entre pedidos que ella vendrá con él. Ella lo mira, dulce en lo imposible, incapaz de entender si la promesa proviene de la porfía de un valiente o del hartazgo de un cobarde.

Por mientras, él insiste. Por mientras, estudia de noche y en alguna servilleta calcula los costos infinitos para perfeccionarse en otro lado. Por mientras, todo es tan condenadamente imposible que sólo le queda soñar hasta dar con la receta.