Christian Andrada, experto en microgestos, revela sus secretos

Gabriel Arce

Jueves 26 de abril de 2018

Menos de un segundo necesita Christian Andrada para saber si alguien le está mintiendo. Gracias a su estudio de las microexpresiones y la comunicación humana, asesora a ejecutivos de grandes empresas para cerrar tratos millonarios.

Existe una conexión directa entre el evolucionista Charles Darwin, el psicólogo Paul Ekman, un actor británico llamado Tim Roth y Christian Andrada, un chileno-argentino de bajo perfil que vive en Ñuñoa.

Darwin creía que todas las especies animales expresaban facialmente sus emociones de la misma forma. No importaba la cultura, sino que venía programado en la propia biología de los seres vivos. Eso fue desacreditado por varios estudiosos hasta que apareció el psicólogo estadounidense Paul Ekman, quien se dedicó a investigar las expresiones faciales en su país. Con cámara en mano y los pies en el barro sacó una conclusión: el rostro alegre o triste de un granjero en Texas era exactamente el mismo que el de un habitante del Times Square. Luego probó lo mismo en nuestro país, Argentina y Japón, concluyendo que tal vez la televisión o la cultura pop hacían que las personas repitieran gestos por imitación. Por esa razón radicalizó su apuesta y se internó durante dos años en Nueva Guinea, conviviendo con varias tribus que ni siquiera conocían la luz eléctrica. Ahí terminó por convencerse de que las expresiones eran universales.

Su historia inspiró al proyecto que le dio el primer rol protagónico al actor Tim Roth, quien en la serie Lie to me interpretó al doctor Cal Lightman, un psicólogo capaz de leer las mentiras de las personas con solo mirarlas a la cara. De hecho, en el guión de la producción televisiva colaboró el propio Ekman.

La serie no tuvo tanto revuelo y se canceló en la tercera temporada, pero lanzó al mundo los descubrimientos de Ekman. Además, ese conocimiento sirvió de inspiración para un chileno-argentino conocedor de la comunicación que hoy usa el entendimiento de las reacciones humanas para interpretar a la gente en un bar, dar clases en universidades, desmentir a sus amigos y hasta asesorar a altos ejecutivos de la minería. Algo así como un detector de mentiras con patas.

entrevistado 91

La madre de las mentiras

“Me carga el título de experto, es como matar la opción de rebatir”, dice Christian Andrada, quien estudió comunicación social. Actualmente él es su propia empresa de consultoría, donde le enseña a altos cargos la mejor forma de enfrentar tratos millonarios y detectar las falacias de sus interlocutores. Previo a esta singular labor fue profesor en varias universidades. “Antes que mi trabajo, eso sí, soy fanático enfermo de Racing Club”, dice.

En el Café Vivaldi de Ñuñoa, a pocos minutos de su casa, suele desayunar. Y aprovecha de observar, porque es su deporte, el comportamiento de la gente en el local donde suena música clásica. Allí, con un capuccino de por medio y junto a La Hora, deja en evidencia las mentiras humanas.

-En el fondo juegas a que las personas son un libro abierto , ¿no?
-La gran falacia es decir que la comunicación efectiva existe. No se puede enseñar un método a personas que tienen un origen distinto, una forma de ver el mundo distinta y por tanto emociones que inducen reacciones dispares. Yo hago que mis alumnos sean conscientes de la imagen que proyectan al resto, pero se basa en el contexto. Ahora bien, dentro de la kinésica hay un submundo, una subdivisión que se conoce como las microexpresiones, que son la unidad mínima de la expresión no verbal, entre una doceava y veinteava fracción de segundo donde queda en manifiesto el inconsciente de todos y tienen una directa relación con el tiempo: mientras más breves, mayor es el compromiso emocional. Estas microexpresiones resumen las siete emociones básicas del ser humano: alegría, asco, desprecio, ira, sorpresa, miedo y tristeza.

-¿Y son certeras?
-Hay que quitarle el velo tan negativo a la mentira, que es un mecanismo de supervivencia social. Importa más en qué se miente y por qué. Una vez, en una clase, le tocó presentarse a un alumno. Dio su descripción profesional y dijo que felizmente se casaba en dos meses más. Cuando describió eso, en menos de un pestañeo, su cara llevó un pómulo hacia arriba y encogió la nariz: microexpresión de asco. Le dije que no quería casarse y casi me mató, se ofuscó porque ni él lo sabía. Y bueno, el resto es historia, no se casó. Acá en Chile la disciplina aún es algo nuevo pero, por ejemplo, en ocho estados de Estados Unidos una microexpresión visible en un momento clave de un juicio es motivo de injuria.

-¿Vives todo el día observando las mentiras de la gente?
-Alguna vez me preguntaron si vivía en la paranoia constante. No se trata de eso, la comunicación es elemental ¿quién no observa todo el tiempo? Decodifico, a través de los pequeños actos, aquello que define al individuo. Las personas son como una madeja de lana que de manera inconsciente e involuntaria dejan en evidencia una pista con pequeños indicios que permiten armar la madeja completa. El saludo de manos es una pequeña hebra, te permite saber si alguien es territorial, naturalmente empático, obsesivo, en fin. Lo amantes, por ejemplo, cuando han compartido intimidad, en términos proxémicos y kinésicos, no pueden volver a comportarse como si no la hubiesen tenido. El cuerpo va a hablar pos sí solo. Va a estar más cerca de lo habitual, va a tocar más, va a tener contacto ocular de recorrido completo y con reciprocidad. Ejemplos hay miles, la verdad está ahí afuera.

-¿Qué ves aquí? (se observa en un celular el discurso con que Donald Trump anunció el reciente bombardeo a Siria).
-Es de las comunicaciones más deliberadas desde que asumió el mandato. Digo eso porque el Trump de esencia no es ese. Evidentemente hubo asesores, probablemente como yo. Reforzó que eran ataques selectivos, con pinzas. Su rostro estuvo casi impávido, lo que no es habitual en él, ya que gesticula muchísimo. Lo general es que la ira y el desprecio por superioridad moral gobiernen su rostro. Sin embargo, pasaron dos cosas: hubo dos microexpresiones de desprecio, nada nuevo en sus discursos, pero curiosamente hubo una señal de incerteza cuando levantó un hombro, no está seguro sobre algo.

-Estuviste en canales de televisión para analizar el caso de Nabila Rifo y tuviste una postura polémica.
-Me invitaron a un matinal. Aún no salíamos al aire y en la previa estaban haciendo pedazos a Mauricio Ortega. Fui el último en hablar después de la nota donde habló Ortega, y como a mí me importa un huevo quedar bien con alguien, dije: “lamento desentonar con el espíritu de la mesa pero para mí es inocente”. Lo sostengo hasta el día de hoy. Hubo una entrevista posterior ya adentro de la cárcel. Que sea un vago, alcohólico, violento, sí. Pero ¿fue el que infringió el daño por el cual se le apresó? No. El relato de él, tanto el que dio en el estrado como tras las rejas, es sumamente consistente. Tiene puntos de inflexión, siente puntos de angustia, tristeza y dolor, pero es un tipo ante todo con mucho miedo. Sostengo que no fue, pero lo mío no es prueba legal acá. Tiene una expresión de resignación. Quizá haya sido culpa de él, pero es otra cosa.

-¿También se puede usar este método en el fútbol?
-Claro que sí, los liderazgos impuestos por la retórica. En Racing Diego Milito es lo más, por algo ahora es el gerente técnico. En la cancha era un líder indiscutido pero afuera te puede dar una charla. En la U veo dos: Pinilla y Pizarro, asumo que por el hecho de haber estado en Italia. En Colo Colo, dentro de las carencias, están Valdivia y Paredes, que más allá de sus orígenes, ha sido resiliente. Se convirtió en un vocero del club. En la Selección, si bien Vidal y Sánchez son las figuras, por retórica Claudio Bravo se los come con zapatos. Eso te asegura tener un futuro laboral después del fútbol. Cuando uno puede explicar el mundo y los términos indicados para hacerlo, uno vehiculiza su desarrollo profesional. Se trata de explicar el fenómeno desde un ángulo que al otro le resulte fascinante.