Hernán Leal: El hombre que no cree en la suerte

María Eugenia Durán

Jueves 08 de febrero de 2018

Para él nada es imposible. Lo aprendió de los fracasos y éxitos de su padre, en su Osorno natal, y también de los triunfos y las caídas propias. De un colegio con número pasó a Harvard y luego creó una empresa desde cero. Tras escalar las siete cumbres más altas del planeta, se prepara para un nuevo desafío.

Hernán Leal está lejos de ser el estereotipo de empresario exitoso. A diferencia de muchos de sus colegas, este osornino no proviene de una familia adinerada, ni tuvo una infancia llena de comodidades y menos pasa sus ratos libres disfrutando de la seguridad de su hogar.

“Soy un soñador. Mi papá me enseñó a soñar, me dijo que podía”, recuerda este hombre de 51 años en constante búsqueda de desafíos. Eso lo llevó explorar varios deportes hasta quedarse con el montañismo. Una vez que se decidió, en sólo cinco años completó las 7 Summits, las siete cumbres más altas de cada continente (Vinson en la Antártica, Elbrus en Europa, Aconcagua en América del Sur, Kilimanjaro en África, Denali en América del Norte, Everest en Asia y Carstensz Pyramid en Oceanía).

Pero no es un aventurero descuidado. Su imperativo es la preparación y el trabajo duro, una regla que ha aplicado a toda su vida.

hernan leal 01-¿Cuándo empezaste a escalar?
-Empecé a los 46 años y ahora tengo 51. La verdad es que era malo para los deportes cuando chico. Mi papá dirigía un club de fútbol en Osorno y su sueño era que yo fuera como el Caszely de allá. Pero cuando hacíamos fila para pegarle a la pelota yo me arrancaba y me ponía otra vez al final de la fila. Después en la universidad no hice nada, cero deporte, puro estudio. Cuando salí empecé a buscar algo que me gustara. Empecé con tenis, pero todos me ganaban y eso me frustró. Entonces conocí un amigo que hacía motocross. Me compré la moto, los implementos, todo lo mejor. Pero también me agotó. Ahí me puse a hacer golf y lo hice bien, llegué incluso a competir en Inglaterra y México. Pero yo quería algo físico, algo adrenalínico.

-Y ahí llegaste al montañismo.
-Empecé haciendo trekking en Nepal. Como pensé que debía ser muy extremo me preparé mucho y llegué a hacer un 3.200 (metros sobre el nivel del mar) y lo encontré muy fácil. Cuando volví me junté con gente del mundo de la montaña y les dije que quería subir el Everest. Me respondieron que debíamos hacer un plan e ir de a poco.

-¿Cuál fue tu primer desafío?
-Empecé a entrenar para subir primero el Kilimanjaro. Este es el primero de los 7 Summits, pero no tenía idea de eso aún. Sólo quería subirlo porque era parte de mi preparación para el Everest. El Kilimanjaro tenía que hacerlo en una semana, pero lo hice en cuatro días y medio.

-¿Fallaste alguna vez?
-Intenté el Aconcagua como seis meses después y no lo logré. Llegué a 80 metros de la cumbre y me tuve que devolver. Estaba muerto, no daba más, porque lo quería hacer demasiado rápido. El Aconcagua fue como un puñetazo en la cara, no lo podía hacer en cuatro días. Me di cuenta que había que hacer un trabajo de aclimatación, había que hacerlo bien y no arriesgarse.

-¿De dónde te viene la motivación?
-Creo que es porque soy un soñador. Mi papá me enseñó a soñar, me dijo que podía. Era insistente, me lo decía todos los días. Y era un deber que yo fuera más que él. Me hizo ser obsesivo, pero siempre con un plan. Aprendí a que había que ir de a poco. Estudiaba en la Escuela Básica N°1 de Osorno y un profesor me dijo que ahí me estaba perdiendo, que debía buscar un mejor colegio. Nos fuimos al Osorno College, donde me dieron una beca. En la universidad también logré becas. O sea, no para todo se necesita plata, esa fue la primera lección que aprendí. Es difícil, pero se puede.

-Te deben haber dicho que era suerte.
-Yo no creo en la suerte, todo es cuestión de probabilidades. Todas esas experiencias me marcaron y también las experiencias de mi papá. A él le encantaban los negocios y le fue mal varias veces, pero siempre lo vi levantándose. A mí tampoco me ha ido bien en todos los negocios, pero todo me lo he ganado yo. Cuando llegué a Santiago no conocía a nadie. No tenía pitutos. Después de egresar busqué trabajo por el diario y todos mis trabajos los conseguí así. Y cree una empresa de cero. Cuando uno mira para atrás empieza a disfrutar las cosas sencillas.

-Pero en la montaña la experiencia es dura.
-Es un ambiente súper hostil y ahí recién empiezas a disfrutar las cosas simples. Qué rico es dormir en una cama, qué rico es comer comida y un lomo a lo pobre puede ser a veces el mejor manjar. Tiene algo de masoquismo el montañismo. Efectivamente todo es una incomodidad, hasta ir al baño, no poder bañarse. Imagínate los abrazos de despedida después de dos semanas sin ducharse, estamos todos fuertes. Imagínate en el Everest, un mes. Ahí te das cuenta realmente que el abrazo es de amigos.

hernan leal 02-¿Qué dice tu familia de estas aventuras y riesgos?
-Ellos desde el principio encontraron que yo estaba loco. Porque además tengo un problema. Hace quince años tuve una parálisis en la cuerda vocal y con eso te falta oxígeno. Y eso es justamente lo que yo necesito para escalar. Pero soy un convencido de que los obstáculos están hechos para superarlos. Me preparé con equipos de hipoxia, y si los demás hacían 10 ejercicios, yo hacía 20. Aunque mi familia crea que soy loco, sabe que soy un loco preparado. Que no hago las cosas al lote.

-¿Alguna vez fue más difícil para ellos?
-Cuando me fui al Everest fue un drama. Hasta hice mi testamento, porque hay una probabilidad no menor de morir. Y lo peor fue que en el Everest yo andaba con un teléfono satelital y ellos calculaban la hora a la que yo haría cumbre y los llamaría. Pero allá había 42 grados bajo cero y mi sherpa me dijo: No te saques los mitones ni la máscara porque probablemente vas a perder la nariz o los dedos. Le hice caso y bajamos, y cinco horas después llamé. Nadie había podido dormir. Todos estaban en mi casa aterrados porque estaban esperando el llamado cinco horas antes.

-¿Alguna vez sentiste miedo a morir?
-Hace varios años, en el Denali, hay una parte muy angosta, un filo que tiene caída hacia izquierda y derecha. Cuando bajaba había una tormenta y no veía ni a dos metros. Ahí sentí pánico. Mi guía que estaba atrás me dijo que parara y me tomara todo el tiempo que necesitara. Me puse a pensar qué hacer. Había enfrentado miedos antes pero este era brutal. Me demoré como cinco minutos, que en la montaña son eternos. Respiré hondo y me puse a pensar que eso lo tenía que superar y ahí apliqué lo de dar un paso a la vez. Entre el primer y segundo paso me demoré un minuto, hasta que empecé a ganar confianza y a bajar.

-¿Si tienes dinero para hacer lo que quieras, por qué haces algo donde podrías morir?
-No puedo vivir sin desafíos. Si mañana me dijeran que sólo puedo jugar golf el resto de la vida, buscaría hacer un golf extremo. Yo disfruto la vida con los desafíos.

-¿Qué desafío tienes ahora?
-Enseñar a los demás que se puede. Tengo un proyecto que se llama Expedición ruta de los sueños que empiezo en marzo. Consiste en dar charlas en colegios y escuelas de difícil acceso. Tenemos planificado ir a Visviri y a Puerto Toro. Quiero llegar con ese mensaje: se puede soñar, pero hay que soñar correctamente, trabajar y ser perseverante. Porque todos vamos a encontrar obstáculos en el camino, pero eso debe motivarnos, no detenernos.