Columna: Supo ser campeón

Julio Salviat

Domingo 10 de diciembre de 2017

Hijo de colocolino, esposo de colocolino y padre de un par de colocolinos, la admiración que me provoca de cuando en cuando el equipo blanco a veces supera la frialdad del periodista.

Al llegar a la revista Estadio, me enseñaron que los colores futboleros había que guardarlos en el baúl más escondido, que las emociones -si las había- teníamos que relegarlas a rincones oscuros del corazón.

Me acostumbré así, y lo practiqué. Mis dirigidos nunca supieron -todavía no saben- cuál era mi equipo preferido. Y hacían apuestas a que era albo, a que era cruzado o a que era azul. Lo que ocurre es que me entusiasmaba el que practicaba buen fútbol, y por lo general era más propenso al elogio que a la crítica.

Me gustó que Colo Colo terminara campeón. Fue -por muy lejos- el mejor equipo. No sólo de este campeonato, sino del año. El Torneo de Clausura fue una farra más grande que la de la Selección en las Clasificatorias. Y hubo un momento en que parecía que la historia iba a repetirse. En mayo, quedaron con el título al alcance después de vencer a Everton en Sausalito con un gol agónico, y después se les escapó al empatar con Antofagasta en el Monumental. Ahora sortearon de igual forma el escollo viñamarino, pero estuvieron firmes ante Curicó en Pedrero.

Este equipo tuvo un entrenador mañoso, pero sabio. Y un plantel parejo, en el que las incrustaciones juveniles se desempeñaron con dignidad. Su defensa pareció inexpugnable cuando contó con un arquero y tres defensores argentinos. Su mediocampo mostró los veteranos y vigentes talentos de Jaime Valdés y Jorge Valdivia. Su ataque contó con dos finiquitadores notables que se alternaron en los abrazos: Esteban Paredes y Octavio Riveros.

Y toda esa calidad quedó patente en los grandes duelos: goleó a sus dos rivales directos (5-2 a la Unión y 4-1 a la “U”) y doblegó a los que podían hacerle sombra (1-0 a la UC, 3-2 a Everton, 3-0 al Audax).

Merecía, fuera de toda duda, dar la vuelta olímpica.