La sangre

Patricio Corvalán

Miércoles 13 de diciembre de 2017

Así sentado -en la cabecera de la mesa, recostadas las manos sobre la barriga, esperando a la vieja y la torta- Raúl pidió la palabra. No era de brindis, no se le daban. Prefería que fuera Tito, como hijo único, el que encumbrara alguna frase que siempre terminaba en el elogio cursi o en un recuerdo no del todo inventado.

Pero esta tarde, con la familia en pleno reunida en el patio y los nietos desbocados entre juegos y deseos (“cometas que nunca han sido nuestros, pero nos pertenecen”, leyó alguna vez y le gustó), era distinto. Eran sus 80 años y por eso Raúl carraspeó levantando la manota peluda que amenazaba con castigos que nunca cumplía, y pidió que lo escucharan.

Lo que fuera que manejara los hilos de su memoria estaba haciendo el trabajo perfecto. Raúl encadenaba el recuento de lo vivido y lo pendiente con anécdotas precisas, con alguna palabra que provocaba la risa o el disimulo incómodo con que se evade la tristeza. Hablaba con elocuencia, pero sin dramatismo, sobre lo que le había tocado vivir cuando se casó con la vieja, que llevaba años separada y con Tito, un hijo que nunca había tenido a un padre.

Hacerse cargo de la familia -les dijo a todos- no permitió un acomodo. Se subió a un tren en marcha que debió aprender a manejarlo a la carrera. Fueron años -miraba la copa, buscando revivirlos- en que todo sacrificio fue tan necesario como insuficiente hasta que veía a la vieja, a su hijo, y lograba sentirse satisfecho.

Tito continuó el brindis acercándose a los nietos para que le lavaran la cara a besos como tanto le gustaba. La vieja y la torta llegaron frente a sus narices. Raúl no encontró nada nuevo que desear, pero cerró los ojos para ver todo mejor. La vida quita y regala, y con él, después de todo, había sido generosa, dejándolo ser padre, uno verdadero, con la misma sangre corriendo por el alma.