Carmencita

Patricio Corvalán

Miércoles 06 de diciembre de 2017

Es un estruendo brutal que queda tiritando interminable en la puerta de la oficina. Desde el dintel, que había despejado con un puro manotazo y aferrada a sus carpetas que deben contener sólo asuntos importantes, a Carmencita no le vienen con ton-te-ras. Lo dice así, separando las sílabas, echando fuego por los ojos, repasando con la mirada a cada uno hasta dar con el cul-pa-ble, hasta encontrar la car-pe-ta que le falta.

Para Carmencita, siempre son todos culpables de cualquier cosa que, a la vista de sus anteojos con un aumento escandaloso, atente contra la tranquilidad del gerente general. Para ella, no hay excepciones. No importa cuántos años lleve alguien en la oficina. Todos quieren molestar al jefe con ton-te-ras, por lo que si ese alguien necesita algo de él, Carmencita -que lleva una vida y media como su secretaria- discrimina entre lo urgente y lo accesorio, como si llevara un karma escrito que la trajo a este mundo para salvarlo y protegerlo.

Decenas, cientos de empleados, lo han intentado todo. Desde rosas para el santo -feriado para Carmencita y fiesta tácita para el resto-, pisco sour en las comidas e incluso aconsejarla. Pero nada resulta. Ella desfila con sus carpetas y deja caer en cada escritorio lo que el de turno debe completar, firmar, corregir, delegar o eliminar con la prisa que denota la instrucción en la mirada. Carmencita repasa puesto por puesto. Esto es ur-gen-te, dice. Y la maldad sonríe. Todos callan y especulan en silencio por los secretos que le debe guardar al gerente, lo que sea que justifique el poder y el miedo.

A la semana, la carpeta perdida estará de nuevo en su escritorio, pero llegará un correo informando del despido de fulanito y agradeciendo por los servicios prestados. Carmencita se encargará de comunicarlo, como escarmiento, con esa risa que congela. Nadie hará preguntas, porque nadie necesita las respuestas.